De Montreal a los Andes: La expedición que transformó a 23 jóvenes canadienses en las montañas chilenas - Fulloutdoor

De Montreal a las montañas Chilenas:

8 Abril, 2026

Fulloutdoor

La aventura de los 23 jóvenes canadienses.

Todo empezó en el cerro.

En 2024, estaba subiendo el Plomo. Ese mismo día en que el derrumbe en el Plomo cambió la ruta para siempre.
No lo sabía aún, pero algo también estaba a punto de cambiar en mí.

Fue ahí, en medio del silencio y la altura, donde apareció la visión.

Había subido el Plomo varias veces. Había recorrido montañas altas por todo Chile. Siempre buscando lo mismo: la próxima cumbre, el siguiente desafío. Pero ese día, algo se rompió, o quizás, algo se abrió.

Entendí que ya no se trataba de subir más alto.
Se trataba de bajar con algo que compartir.

La montaña me había enseñado demasiado como para guardarlo solo: la presencia, la conexión, la resiliencia, la disciplina, el autoconocimiento… esa capacidad silenciosa de ir más allá de los propios límites.
Y por primera vez, sentí que mi rol no era conquistar cumbres, sino acompañar a otros a descubrir las suyas.

Pero esa historia no empezaba ahí.

En 2021 había fundado DivertiProf, un proyecto nacido de una intuición simple: los niños necesitan volver a la naturaleza. Aprender desde el cuerpo, desde la experiencia, desde lo real. Durante años trabajamos con colegios, fundaciones, municipios, familias. Organizamos salidas al cerro, campamentos de verano. Paso a paso, algo fue creciendo.

Hasta que apareció una idea más grande. Mucho más grande.

Llevar esto fuera de Chile.

Después de esa visión en el Plomo, regresé a Canadá por unos meses. Mi país de origen. Todo era sorprendentemente claro. Demasiado claro. Como si el camino ya estuviera trazado.

Entonces ocurrió.

Me conecté con el colegio Saint-Anne, en Montreal. Un colegio con programa deportivo, acostumbrado a desafíos, a viajes de aventura. Bastó una reunión, una sola.

Y dijeron que sí.

Ese día se creó algo difícil de explicar: una confianza inmediata, una sensación compartida de que estábamos entrando en terreno desconocido. No era solo un viaje. Era algo más… algo que todavía no tenía nombre.

Dos profesores se comprometieron a preparar a los alumnos. Un año y medio de entrenamiento. Sin pausas. Sin excusas.

Cada semana.

Los estudiantes de 16 y 17 años, aceptaron el desafío sin saber realmente a qué se estaban comprometiendo. Pensaban que era un viaje deportivo. Un reto físico.

No tenían idea.

Eran 23 y, sin saberlo, acababan de decir que sí a algo que los iba a transformar.

Durante más de un año, todo giró en torno a una sola pregunta: ¿cómo hacer posible lo imposible?

Diseñe un itinerario de dos semanas. Intenso. Exigente. Vivo.

Primero, la región de Santiago: la altura, el Pintor, el Plomo, el acceso al refugio en La Parva.

Luego, el sur. El Parque Conguillío. Mi lugar favorito. El volcán Llaima. Las araucarias. Ese aire que parece cargar historias antiguas. Un territorio que no se visita… se atraviesa.

Pero la ruta era solo el comienzo.

Necesitábamos un equipo capaz de sostener algo así.
Guías. Los mejores. Elegidos con tiempo, con cuidado.
Cocineros capaces de instalar un campamento base en altura, en Federación.
Material técnico. Refugio. Alimentación. Seguridad.

Cada detalle importaba.

Conseguimos apoyos. Marmot para los domos. Stanley para los thermos. Cacatubo para algo tan simple, y tan crítico, como la gestión de residuos. Íbamos a ser más de 35 personas en la montaña. Nada podía dejarse al azar. Cada participante llevaba su propio cacatubo. Incluso instalamos baños portátiles en altura.

Un par de semanas antes de la llegada del grupo, el 21 de febrero, junto a Camilo Bohme, compañero clave en esta aventura, ejecutamos todo: compras, logística, validaciones, revisiones finales.

No había margen para el error.

O casi ninguno.

Porque en la montaña, siempre hay algo que no puedes controlar.

Y en el fondo… lo sabíamos.

Lo que no sabíamos aún, era hasta qué punto todo estaba a punto de ponerse a prueba.

21 de febrero de 2026.
Todo estaba listo.

Apenas salieron del aeropuerto, lo vieron. El Plomo, al fondo. Inmenso. Quieto. Como si hubiera estado esperándonos todo este tiempo.

Hubo un silencio breve.
Después, la emoción.

—Ahí vamos, chicos, les dije.

Y en ese momento, sin que lo supieran aún, todo empezó de verdad.

Subimos directamente hasta los 2.700 metros, al refugio de La Parva de la Alianza Francesa. Ese sería nuestro punto de partida. Nuestro primer anclaje antes de entrar en la montaña.

El plan era claro, casi milimétrico. El 22 de febrero salíamos temprano hacia el cerro El Pintor, con la intención de avanzar hasta Cancha de Carrera para comenzar la aclimatación.

Después de una noche corta, cargada de nervios y expectativa, iniciamos la marcha desde el refugio. El aire ya era distinto. Más seco. Más fino.

Y a partir de los 3.000 metros, el cuerpo empezó a hablar.

Fuerte.

Eran jóvenes preparados, atletas en distintas disciplinas, acostumbrados al esfuerzo. Pero esto no se parecía a nada de lo que conocían.

Esto era la altura.

Lo habíamos explicado. Habíamos anticipado los síntomas, las reacciones, las estrategias. Pero hay una diferencia brutal entre saberlo… y sentirlo.

Ese día, muchos lo entendieron.

Algunos lloraban. Otros se detenían en silencio, intentando recuperar el control. Náuseas. Dolor de cabeza. Miradas que buscaban respuestas.

No era grave.
Pero sí lo suficientemente intenso como para sacudirlos.

Ahí empezó nuestro verdadero trabajo.

Junto a Anne-Catherine, guía canadiense que me acompañaba en esta expedición, nos movíamos entre ellos sin prisa, observando, escuchando, sosteniendo. No se trataba de empujar, sino de acompañar. De ayudarles a entender que lo que sentían no era un fracaso, sino parte del proceso.

A unos cien metros de la cumbre, dos jóvenes se acercaron. Tenían los ojos llenos de lágrimas.

—Estoy avergonzado…

El viento pasaba fuerte. Me agaché a su altura.

—¿Avergonzado… de qué?

No respondieron.

—Estás a más de 4.100 metros. Más alto que casi cualquier montaña en tu país. Tienes 16 años… y estás aquí.

Pausa.

—Mira dónde llegaste.

Algo cambió.

No en el cuerpo. En la mirada.

Respiraron. Se recompusieron.
Y siguieron.

Paso a paso.

Arriba, pasó algo que nadie había planificado.

Los primeros en llegar no celebraron.
Bajaron.

Fueron a buscar a los que venían atrás. Caminaron a su lado en los últimos metros, compartiendo el esfuerzo, el silencio, la dificultad.

Y sin darse cuenta, transformaron la experiencia.

La cumbre dejó de ser individual.
Se volvió colectiva.

Cuando finalmente todos llegaron, el ambiente era distinto. No había euforia. Había algo más profundo. Algunos profesores y guías lloraban, sin intentar esconderlo. Era emoción, sí… pero también era comprensión.

Habían cruzado algo.

Y eso que solo era la aclimatación.

Ocho horas después, instalamos el campamento cerca del Pintor, a unos 3.900 metros. El cansancio cayó de golpe. Algunos seguían afectados por la altura, otros apenas hablaban.

Comieron lo que pudieron. Se refugiaron en sus sacos.
El frío empezó a bajar.

Y la montaña… seguía ahí.

De Montreal a los Andes: La expedición que transformó a 23 jóvenes canadienses en las montañas chilenas - Fulloutdoor

Esa noche, Anne-Catherine y yo fuimos uno por uno. Nos sentamos con cada joven, escuchamos, hicimos preguntas, les ayudamos a poner palabras a lo que habían vivido. Para muchos, ya había sido más de lo que esperaban.

Y todavía no sabían.

Ahí empezó algo más profundo.

Aprender a escuchar el cuerpo.
Aceptar los límites sin juzgarse.
Entender que avanzar no siempre es ir más rápido, sino saber quedarse.

Resiliencia.
De verdad.

Y lo más impresionante:

Nadie bajó.

A la mañana siguiente, descendimos al refugio de La Parva. Nos quedamos tres días. Tres días que parecían tranquilos… pero que eran esenciales.

Escalada en roca en Farellones.
Mapas desplegados, rutas analizadas.
Mochilas armadas y desarmadas.
Primeros auxilios.
Respiración.
Yoga.
Talleres de montañismo básico.

Todo tenía un propósito : prepararlos.
Sin que supieran exactamente para qué.

El 25 de febrero llegaron los guías y los filmmakers (porque si, realizamos un documental corto de la expedición). Y con ellos, una nueva energía. El lugar se transformó. Bolsos, comida, equipo técnico, todo empezó a organizarse con precisión.

Al principio, algunos eran casi desconocidos.

En pocas horas, ya no.

Se había formado algo más.

Un equipo.

Una sola misión, aunque no todos la entendieran aún.

No se trataba solo de subir una montaña.

Se trataba de algo más difícil de explicar.

Algo que empezaba a tomar forma…
Pero que todavía no se revelaba por completo.

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26 de febrero.
Partimos de madrugada.

Ese día, la emoción estaba en su punto más alto. Se sentía en el aire, en las miradas, en los silencios. Era como la espera de un niño antes de Navidad… pero con algo más. Algo más profundo. Más intenso.

No solo los jóvenes. También los guías. Los cocineros. El equipo completo. Todos sabíamos que algo importante estaba por comenzar.

Salimos temprano y, nueve horas después, llegamos a Federación. Paso a paso. Sin prisa. Y algo nos sorprendió. A pesar del cansancio, casi nadie presentaba síntomas de mal de altura.

Una señal.

La aclimatación había funcionado. Los días en el refugio habían hecho su trabajo. Se sentía en la energía del grupo, en la forma de caminar, en la confianza que empezaba a instalarse.

Había orgullo. Y esperanza.

Habían subido con mochilas pesadas, cargando su equipo, su comida, sus miedos también. Y ahora estaban ahí. En Federación.

Nuestro campamento base. Y completamente para nosotros.

El lugar estaba vacío, salvo un domo en preparación para una carrera el fin de semana. Nada más. Silencio. Espacio. Montaña.

Hicimos casa.

Instalamos el comedor, el espacio común, los domos Marmot, la cocina. Cada uno su rincón, su refugio. Poco a poco, el campamento cobró vida.

Y con él, una nueva rutina.

Durante cuatro días y tres noches, vivimos ahí. A ese ritmo distinto que solo existe en la montaña. El frío intenso al caer la noche, el calor seco durante el día. La comida caliente que reconforta más allá del hambre. Las conversaciones que se vuelven más honestas cuando no hay distracciones.

Ir a buscar agua al glaciar. Aprender a convivir con lo esencial. Aceptar lo incómodo.

Sin señal. Sin ruido externo. Solo eso. La vida.

El segundo día, algunos con más energía subieron hacia La Olla, reconociendo parte de la ruta. Descubrieron un lugar que parecía detenido en el tiempo. Otros se quedaron en el campamento, descansando, escuchando su cuerpo.

Esa noche, nos reunimos todos. Un círculo. Guías. Profesores. Jóvenes. Hablamos. De lo vivido.De lo sentido. De lo que venía. Era importante nombrarlo. Tranquilizarlos.Decirlo en voz alta: estaban listos.

Cada uno tenía su objetivo. Su propia cumbre. No todos apuntaban a lo mismo.

Agostini. Inicio de la travesía. La Momia. La cumbre.

No se trataba de llegar arriba. Se trataba de escuchar y decidir.


3:30 AM.
28 de febrero.

El campamento despertó en silencio.

Linternas. Pasos suaves. Respiraciones lentas.

Los cocineros ya lo habían preparado todo el día anterior. Agua caliente, desayuno listo. Cada uno comía a su ritmo, concentrado. Preparándose.

A las 5 AM, partimos. Y ahí… empezó el verdadero viaje.

El frío era cortante, pero la energía era distinta. Había algo nuevo en el grupo. Una conexión. Con la montaña, sí… pero también entre ellos. Y consigo mismos.

Los primeros rayos de luz comenzaron a tocar las cumbres, iluminando lentamente el camino. Y con cada paso, se sentía.

Estaban presentes.

El ritmo era bueno. Constante. Más fluido que en los días anteriores. Ya no había esa lucha interna constante. Había aceptación.

Cada uno llevaba su propio mantra. Una palabra. Una frase. Algo a lo que aferrarse cuando el cuerpo dudaba.

Perseverancia. Calma. Respira. Sigue.

Y algo había cambiado profundamente. Ya no estaban pensando en si lo lograrían o no. Habían soltado esa presión. Y fue justamente ahí… cuando todo se abrió.

Después de 6 horas y media, llegamos.

La cumbre.
Todos juntos.
Veinte de veintitrés.

Mucho más de lo que habíamos imaginado.

Los tres que se detuvieron antes lo hicieron con claridad. Sin frustración. Orgullosos de hasta dónde habían llegado. Y eso… también era una victoria.

Arriba, el tiempo se detuvo. No hubo palabras al principio. Solo lágrimas. De alegría. De alivio. De orgullo. Emociones que no necesitaban nombre. Lloré también. Y entendí algo en ese momento. Había alcanzado muchas cumbres en mi vida. Pero nunca había sentido algo así. Esto era distinto. Mucho más grande.

Nos quedamos cerca de treinta minutos. El clima era perfecto, como si la montaña nos hubiera dado permiso. Un mate caliente circulaba entre las manos. Una barra de proteína que sabía a mucho más que eso.

La bajada fue ligera. Casi fluida. Como si el peso se hubiera quedado arriba. En el campamento base, la celebración fue tranquila. Interna. Pero al día siguiente… Fue otra cosa. De vuelta en el refugio, organizamos un asado chileno. Música. Risas. Historias. Guías y jóvenes mezclados, sin roles, sin jerarquías. Solo personas. Celebrando.

Y entonces, pasó algo inesperado.

Uno de los profesores sacó un paquete. Cartas. Cada padre había escrito a su hijo o hija. Uno a uno, las abrieron. Y el silencio volvió. Lágrimas otra vez. Pero esta vez… diferentes. Más profundas. Más conscientes.

Ahí supimos.

Lo habíamos logrado. No era la cumbre. Nunca lo fue. Era esto. Verlos transformados. Ya no eran los mismos que llegaron. En sus conversaciones se notaba. Hablaban distinto. Pensaban distinto. Se escuchaban distinto. Hablaban de su futuro.De quiénes eran. De lo que habían descubierto. De ellos mismos.

Ahí estaba. El verdadero premio. No en la cima del Plomo. Sino en lo que cada uno había encontrado en el camino.

Al día siguiente, partimos hacia la Araucanía por cuatro días.

Fuimos a explorar el volcán Llaima, el Parque Conguillío y el Sollipulli. Pero algo había cambiado.

Ya no eran los mismos.

Llevaban consigo todo lo aprendido en el Plomo, presente en cada paso.

Esa… será otra historia.

A todos los jóvenes canadienses que se entregaron a esta aventura, felicitaciones y gracias.

Kali

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