El destino de los plásticos que no llegan al mar

Published On 10 Abril, 2018 | By Fulloutdoor |

Si todo sigue igual, para el año 2050 habrá más plásticos que peces en el mar, dicen las estadísticas. Al margen de una ley que intenta regular el uso de las bolsas plásticas en Chile, también nace Ovillito de Plástico, una iniciativa que busca involucrarnos a todos y a cada uno con el reciclaje, un acto de amor al más puro estilo Kogüi.

Texto Claudia Benavídez. Fotos: Gentileza Ovillito de Plástico y Parley.

Si ve una bolsa colgando de la rama de un árbol, ella la toma, la guarda, luego la lava y finalmente la pone a secar. Lo mismo hace con las que va encontrando en su camino: “Nunca me imaginé que en cada lugar donde estuviera iba a estar atenta a cada bolsa de plástico desechada, y todavía más, enloquecida por los increíbles colores o diseños que algunas tienen”, cuenta Macarena Rocha (27).

Todo comenzó hace cinco años cuando, estudiando teatro en la universidad, decidió salir a recorrer Perú, Colombia y Ecuador por tierra y sin boleto de retorno. Dice que no fue exactamente a turistear. “Solo fui pasando y en los lugares que me gustaron me quedé a vivir un tiempo”. Así fue como Macarena llegó a una ecoaldea Hare Krishna en Perú en la que estuvo dos meses. Ahí conoció a Mariana, una mujer colombiana de unos 50 años que había vivido en la aldea de los indígenas Kogüis en el norte de Colombia.

“Ella hilaba y tejía con el punto de los Kogüis, que se hace con aguja de lana. Tenía unos maceteros hechos así y como estuve tanto tiempo ella me empezó a enseñar esto”. De su bolso Macarena saca  unos retazos de colores que parecen papeles, de una cajita saca unos cuantos aros, colgantes y bolsitos muy llamativos, y por último desenreda un rollito de hilo colorido. “Estos son los ovillitos de plástico”, dice.

“Lo particular de esta artesanía es que esta cultura trata de reflejar su cosmología y la intenta materializar en la artesanía. Todo lo que quieran hacer debe tener una base circular y ascendente. Puede ser pequeña o más grande, se pueden hacer maceteros, chaucheras o qué se yo, pero siempre se parte de un círculo que va creciendo en espiral. Ellos tienen esa sabiduría de crecimiento evolutivo. Y si bien se repite el mismo recorrido, se van alcanzando otros niveles con ese espiral. Usualmente lo hacen con fibra natural, con la que se hace la ropa, pero fue a Mariana a quien se le ocurrió la idea de utilizar fibras de bolsas plásticas”, cuenta Macarena.

En Chile se ocupan cerca de 3.400 bolsas plásticas al año. De éstas, un 97 por ciento terminan en vertederos, en rellenos sanitarios y en el océano. Además, un 80 por ciento de las aves marinas mantiene algún tipo de material en su estómago y el mismo Gobierno estima que para el año 2050 habrá más plásticos que peces en el mar. A eso debemos sumar que para que una bolsa plástica se degrade deben pasar entre 100 y 200 años.

Por esta razón llegó a Pichilemu el pasado 8 de octubre la  presidenta Michelle Bachelet. Ese día sobre el mirador de Punta de Lobos, la mandataria firmaba el primer proyecto de ley que busca prohibir las bolsas plásticas en 102 comunas costeras del país en el plazo de un año. Y a pesar de que ya se han sumado otros 60 municipios no costeros, hay quienes creen que esta iniciativa debiera ser ley para todo el país y no solo para lugares aislados. Por este motivo, el senador Guido Girardi propuso en 2015 decirle adiós a las bolsas con el proyecto de ley que busca regular el uso de plásticos de un solo uso en todo Chile, proyecto que hoy ya se encuentra en el Senado en su primer trámite.

Ecología e Industria ¿compatibles?

“Los desechos plásticos viajan alrededor del mundo para terminar en las playas más remotas, cercando al paraíso en un cinturón multicolor de basura plástica.  Está claro que algo está completamente mal. El plástico tiene un error de diseño”, dice Cyrill Gutsch, fundador de Parley for the Oceans, una red de colaboradores que se reúne en Nueva York para levantar maniobras que buscan generar consciencia sobre la belleza, pero también la fragilidad de nuestros océanos.

Por este motivo aparece Parley AIR, una estrategia que busca: Evitar el plástico (Avoid); Interceptar (Intercept) los desechos de plástico y Rediseñar (Redesign) los productos y la manera de usarlos. Su principal objetivo es incentivar el compromiso global para proteger a unas cien islas para el año 2020, generando para ello algunas primeras alianzas en México, Islas Maldivas, Australia, Italia, República Dominicana y Chile.

Una de estas alianzas la hace con la famosa cerveza Corona. A partir de este acuerdo, la marca se compromete a implementar la estrategia AIR de Parley y adoptar una filosofía libre de plástico utilizando solo cubetas de metal y madera en sus productos promocionales.

Pero para Parley también es importante el concepto de eco innovación. De esta forma se crea Ocean Plastic, una industria de materiales premium que llegan directo a empresas deportivas de lujo y que están hechos del reciclaje de plástico y desperdicio marino. En esta línea, una alianza conocida es la Adidas Parley, la que se encarga de transformar este material en ropa deportiva de alto rendimiento.

Creando consciencia

La comunidad Kogüi vive en plena montaña y solo los sabios de la tribu viven aún más arriba. Abajo las mujeres koguis dedican su tiempo a tejer, mientras reflexionan y discuten nuevas maneras de vivir mejor en comunidad. “Cualquier tejido pone, de alguna forma,  la mente en claro, en silencio, dentro de un vacío. La acción está enfocada en algo más práctico entonces la mente comienza a relajarse y a funcionar”, comenta Macarena.

La meditación es una práctica constante para ella. “En esos mismos viajes empecé a tomar cursos de permacultura, una especie de ciencia sociológica que trata de integrar al ser humano en el flujo de la naturaleza, enfocándose en los asentamientos humanos pero de manera sustentable. Personalmente vivo una vida muy de reciclaje. En mi casa se recicla todo”, dice. Amante del surf, el snowboard, la acuarela y la composición musical, Macarena es también conocida por su nombre artístico “Vera Maia” y su taller llamado “Níunfiura” reúne todo tipo de creaciones (instagram.com/ninfiura).

“Lo que hago es un poco de permacultura. Al final es lograr aplicar todo en todo. Hay mucha desconexión en todos los sentidos. Es como si estuviera todo separado. La clave está en pensar cómo unes todo eso en una sola vida y que sea placentero”.

Además, desde que aprendió la técnica reconoce que vender su artesanía nunca fue su primer objetivo. “Lo que yo entendí en ese momento es que ojalá mucha gente supiera hacer esto y se entretuviera también”, dice. 

-¿Es compatible ecología e industria?

Sí y no. Sí siempre y cuando se haga con consciencia porque si se hace simplemente para tener más plata, en el fondo seguimos alimentando al mismo sistema. Pero si se hace para crear consciencia, sí, por qué no.

En su casa Macarena tiene su taller personal atiborrado de materiales reciclados. Reconoce que ya no le queda espacio y que le gustaría contar con un lugar fijo para seguir enseñando las técnicas de tejido kogüi.

“Empecé con la idea de hacer esto más masivo y por mientras hacía talleres particulares en Matucana 100. Después conocí a otra chica que recicla bolsas y hace también artesanías manuales. Se llama Daniela Humeres y está a cargo del  taller Mezcolanza Creativa. Ella me convocó a mí con mi iniciativa Ovillito de Plástico y a la chica de la Bolsa Loca, otra empresa parecida, y nos dijo: ´Me encantan sus trabajos. Deberíamos unir esto y hacer algo al respecto´. Ahora la Dani se cambió a El Sofá, un lugar que queda en Santa Isabel y que es bien conocido. Me invitó a trabajar allá y ahí estoy, ahí va esto”.

Según Macarena, la ecoindustria en Chile está creciendo bastante, sin embargo todavía no es tan masiva. “Se recicla harta tela, por ejemplo, pero todavía no hay tanta alternativa para el plástico”, dice. “También me han contado que existen  máquinas que hilan materiales reciclables, pero también pienso que no tiene sentido. O sea, si una máquina genera no se cuánta de su huella de carbono en el mundo y vas a reciclar el plástico, entonces se nos fue todo al carajo”.

Ovillito de Plástico

En la familia de Macarena todos reciclan, sin embargo recuerda que cuando llegó de su viaje, “para ellos era prácticamente una loca. O sea, quién se va por tierra como casi peregrinando y llega con esto, con artesanía en plástico”, ríe.

Luego de recoger una bolsa y limpiarla, Macarena corta la base y las mangas para más tarde formar los ovillitos de plástico como los llama ella.  “De la bolsa empiezo a sacar dos tiritas que serían las fibras, las  que luego se empiezan a frotar en la pierna sin ropa para que se unan. Y eso es lo otro. Es una técnica que por cuerpo humano, es solo para mujeres. Al principio llegaban hartos hombres motivados, pero no podían hilar porque tenían muchos pelos en las piernas y empezaban a sufrir. Recuerdo que uno quedó con un gran pelón”, comenta.

En su familia ha sido ella la que los impulsa a reciclar. Ellos fueron los primeros en seguirla. Macarena reconoce que con la práctica ha ido aprendiendo que es necesario un buen impulso para que por lo menos alguien lo siga. Como dice ella, hay que tener una gran energía puesta en estas cosas, que son nuevas, para que el resto se interese.

“Yo creo que para las generaciones más jóvenes es muy fuerte el tema, nos llega mucho. Para las generaciones más viejas es casi como una moda. No le toman tanto peso hasta que van experimentando por ellos mismos cosas como el cambio climático, por ejemplo. Cuando uno se empieza a vincular un poco más uno se empieza a hacer parte. Si este plástico está aquí, yo soy parte de esto. No es que Pepito lo  haya botado, y allá él y su problema ¡No! Esto es algo que sí o sí nos involucra, y nos involucra a todos y a cada uno de nosotros. Es muy gratificante que esto se haga porque al final sientes que hay amor. En el fondo es eso, es un acto de amor, porque es un bien muy común”, recalca finalmente la creadora de Ovillito de Plástico.

*Este reportaje apareció en la edición número 42 Fulloutdoor

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