Experiencia | Loma Larga

16 mayo, 2013 | Por: Paris Capetanópulos
Es un lugar donde muy pocos van y donde efectivamente se puede escuchar la elocuencia del silencio. Un lugar donde te sientes “grande” por haber llegado y a la vez pequeñísimo ante la magnificencia de sus cumbres imponentes. Un lugar desde donde puedes contemplar y reflexionar. Un lugar donde el ruido, el desorden y las miserias de la vida urbana están ausentes en su totalidad. Un lugar donde sientes efectivamente que eres un privilegiado por el solo hecho de haber vivido para conocerlo. Sientes crujir los glaciares y en ocasiones eres testigo de avalanchas monumentales. Comprendes muchas cosas estando ahí. Te sientes agradecido de la vida.  Te sientes feliz de poder compartir ese momento con tus compañeros de ruta.

La primera vez que divisé este cerro, fue en febrero de 2003, en el contexto de un curso básico de montaña de la ENAM, desde la cumbre del Cerro Unión. Se alzaba imponente en la lejanía y su forma me recordaba en cierto modo al San Ramón, que es el cerro por el cual me inicié en el montañismo y el cual desde pequeño admiraba desde la selva de cemento en que vivimos, siempre imaginando como sería estar ahí, en la parte más alta.

Aquella vez, en la cumbre, me prometí que algún día volvería para intentar ese cerro y recorrería ese cajón para descubrir sus secretos. Tuvieron que pasar muchos años para que pudiera intentar cumplir esa promesa.

Día 1 – Miércoles

El 2011 había sido un año prospero para mí en cuanto a los cerros, ya que la mayor parte concluyó en éxitos rotundos. Había subido el Volcán Parinacota, el Vega, el Diente del Diablo y el volcán San José. El 8 de Diciembre caía en un jueves lo que permitía pensar en un buen fin de semana largo. Quería concluir el año con algo grandioso, más técnico que los cerros que señalé y que fuera memorable. Y el Loma Larga reunía todas las propiedades.

Mis compañeros de Cordada fueron Paris Capetanópulos y Maritza Alvarado, los dos con conocimientos en travesía en glaciar. Ambos dispuestos y con todas las ganas.

Para variar no teníamos transporte así que al final, tras un breve regateo con un taxista en Puente Alto logramos que nos dejara en Baños Morales.

El poblado nos recibió con tormenta eléctrica y el residuo de una fuerte lluvia en el sector, pero ya estaba amainando y el ambiente no estaba frio. Eran alrededor de las 16:00 horas. El primer tramo fue cansador ya que caminamos desde Baños Morales hasta pasado el choriboulder justo donde empieza el camino hacia la laguna el Morado. Las mochilas venían cargadas debido a la ferretería, cuerda y carpa así que ya estábamos medios agotados. Un tipo que pasaba en vehículo nos ayudó a transportar las mochilas y las acarreó como unos dos km. Fue un alivio.

En la noche conversamos un rato bajo las estrellas con una rica cena en una noche sin frío para luego descansar los maltratados cuerpos.

Día 2 jueves

Despertamos muy bien, tomamos un excelente desayuno y conversamos sobre el objetivo de este día, “llegar al Campamento Base”. Dispusimos las mochilas, ordenamos las cosas y sacamos la foto de rigor, todavía quedaba un largo día por caminar y veríamos que uno propone y Dios dispone. El caprichoso clima de los Andes Centrales nos haría cambiar mucho del plan inicial.

Comenzamos internándonos en el Cajón Arenas  y en poco rato estuvimos bajo la loma que cerca la laguna como una presa, observando el imponente Glaciar Colgante. Descansamos unos minutos para observar la ruta que según handbook era por el costado derecho  del valle que de hecho desde aquí pasa a llamarse “Cajón del Morado”.

Creo que el acercarse paso a paso al cerro, que desde hacía tanto tiempo quería intentar, visualizándolo en el horizonte, cambió completamente mi disposición física y mental. Ya no caminaba apenas como el día anterior. Mis compañeros tampoco se quedaban atrás y llevábamos un buen ritmo de marcha, muy a la par, como debe ser. La ruta ya no era sólo roca y piedras ya que nos encontrábamos con mucho hielo mezclado con grandes rocas y barro. Es lo que se conoce como glaciares de roca y estábamos caminando donde comienza la enorme morrena glacial de este valle.

Subíamos entre piedra, bajábamos, subíamos nuevamente entre el hielo, con mucho cuidado al caminar. Nos extrañábamos de que la ruta estuviera en tan mal estado; de hecho, no había ruta, sólo seguíamos las instrucciones dadas según José Pedro Montt en el 2001 puestas en la web y ahora en el 2011 las cosas habían cambiado. La ruta no era la que figuraba, se hablaba de una pirca, imposible en un camino tan irregular.

Entonces fue cuando el clima nos jugó en contra. En poco rato se cubrió el cielo, comenzó a soplar una brisa húmeda y finalmente ante nuestros incrédulos ojos comenzó a caer un granizo en toda regla, primero suave y luego torrencial. Improvisamos un refugio con el plástico destinado al piso de la carpa y nos cubrimos esperando que pasara rápido.

El detalle es que no sólo no pasó rápido, sino que empeoró, lo que nos obligó a buscar un sitio donde armar la carpa y refugiarnos, y bueno pues, al tacho con nuestros planes de llegar al campamento base que era más adelante así que  armamos el campamento y nos largamos a tomar esas sopas en vaso para calentar el cuerpo. Tampoco nos íbamos a amargar ¿no?

Día 3 –  Viernes

Nos levantamos con un espectacular día despejado, el Cerro se veía lejos aún. Este día fue largo y trabajado, la meta era llegar, al menos, hasta el campo alto. Nos tomamos nuestro tiempo para comer y ordenar las cosas y nos largamos a caminar. El problema fue que el terreno se fue poniendo cada vez más hostil, con grietas enormes y rocas gigantes que impedían ver adónde iba el de adelante y dónde venía el de atrás. De este modo en algún momento perdimos todo contacto visual con quien iba punteando (la mari) y luego nos perdimos de vista Paris y yo para volver a encontrarnos a punta de gritos…ahora cuando lo recuerdo nos da risa, pero en aquel momento no fue gracioso….la descripción de handbook no nos ayudaba mucho en esta parte de la ruta…(posteriormente nos daríamos cuenta de que el camino es por la izquierda, apegado a la falda de los cerros del cordón del Morado donde el terreno era mucho más plano).

Más adelante encontramos a Mari, quien nos esperaba hacía largo rato. En este punto el terreno y la nieve exigían encordamiento, crampones, casco  y todo el cuento de quienes están habituados a transitar por estos terrenos. Por fin íbamos a ocupar la ferretería que habíamos cargado.

El glaciar ya era solo un campo blanco (Glaciar Blanco), sospechosamente apacible y efectivamente lo comprobamos a poco andar cuando Paris cayó a una grieta oculta. Nada grave pero desde luego que quedo alterado un rato y todos redoblamos las precauciones al andar.

Comenzamos a comprender que aquello era un lugar atestado de glaciares por doquier. Nunca habíamos visto nada igual. Quedamos impresionados.

Cruzamos un “campo minado”, mucho hielo y grietas, caminando con sumo cuidado. El último esfuerzo para llegar al campo alto, fue agotador. Pero nos sentimos felices por haber llegado. Armamos el campamento, disfrutamos del hermoso atardecer, comimos engrudo de arroz y dormimos, o lo mejor que se pudo. Había que madrugar.

Día 4 – Sábado

Día crucial, día del ataque, toda la carne a la parrilla…salimos de madrugada. Paris y Mari iban a buen ritmo y yo rezagado, en parte por lo cansado y también porque sabía que sería una larga jornada y no quería quemar los cartuchos inmediatamente. Los hechos me dieron la razón posteriormente.

Luego de mucho andar llegamos a un sitio donde no sabíamos cómo seguir, no se veía ningún paso “razonable”. Intentamos bajar desescalando un sitio para luego volver a subir, o al menos Paris lo intentó pero claramente no era la manera de abordar el problema. Tuvimos que volver y rehacer la ruta para entrar al glaciar. Nos internamos en su corazón bajo una serie de recovecos de hielo y nieve. Debo decir que nunca he hecho nada igual. No sé si será parecido a meterse en un glaciar en Patagonia, pero esta fue la parte más extraordinaria del viaje.

Seguimos avanzando pasando por una pequeña poza congelada donde cargamos agua. La ruta iba por pequeños caminos de hielo, grutas de nieve con colores que iban desde el azul y calipso intensos. Llegamos a una explanada donde prácticamente nos quedaba el ultimo tramo. Sin embargo calculamos fácilmente unas 3 horas más hasta la cumbre pasando por un terreno engañoso, plagado de grietas ocultas y había que pensar en la bajada y además en estar al otro día en Baños Morales para regresar, y se aproximaban nubes negras. Las cuentas sencillamente no daban y decidimos desistir.

Estuvimos cerca, tal vez si hubiéramos contado con un vehículo esperándonos en el “estacionamiento”, después del choriboulder, las cosas hubieran sido diferentes. Pero no contábamos con el tiempo y las fuerzas físicas aunque alcanzaron para llegar hasta allí debíamos tenerlas para el regreso también.

Recuerdo que fue frustrante, pero quizás…..no tanto. Mucho menos que en otras ocasiones. Dimos media vuelta y volvimos. Fue largo el regreso al campamento. Recuerdo que la conversaciones en las paradas dieron vueltas sobre temas tan diversos como la comida, los próximos cerros, el Mesón Alto, los cerros que íbamos a hacer en el futuro próximo y también se nos vino a la cabeza la frase mítica de la película “Blade Runner” en la escena final: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais…, atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad, cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán… en el tiempo… como lágrimas en la lluvia… Es hora de morir”. Naturalmente el texto utilizado por el replicante al morir encajaba con lo que veíamos (he visto cosas que no creeríais). Pocos saben dónde vas y  no comprenden por qué lo haces, pero el logro de llegar a estos lugares muy poco visitados es de uno y eso nos hace diferentes. Queda como un recuerdo eterno para nosotros.

Descansamos poco rato, comimos y bajamos. Cuando desciendes te das cuenta a cabalidad cuánto has recorrido. Recuerdo que el atardecer de ese día fue sencillamente espectacular. El cielo estalló en llamas y vimos cómo se iba apagando el fulgor del cielo mientras la noche extinguía el fuego del hermoso arrebol.

Día 5 – Domingo

De este día no hay mucho que decir, la típica tirada larga hasta Baños Morales. Llegamos a buena hora. Nos comimos hasta el último maní en la vuelta. Y volvimos en micro a Santiago.

Realmente para hacer este cerro, ir en vehículo y ahorrarse esta vuelta tanto de ida como de vuelta ayuda mucho. También la información que obtuvimos de Andeshandbook y otros relatos no fue la mejor referencia y tampoco andábamos equipados con GPS ni mucho menos…

Sé que volveremos algún día. Entonces podremos relatarles qué se siente estar en esa cumbre.

Textos:

Alexis Faúndez y Paris Capetanópulos

Fotos:

Alexis Faúndez y Maritza Alvarado

Cortesía:

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