[Ruta] Aguas Calientes, Perú.

Published On 6 Agosto, 2012 | By Fulloutdoor |

Bajo una lluvia torrencial, con relámpagos incluidos, hago la fila rogando por ser de las primeras 300 personas en entrar al Huaynapicchu.

Al subir al autobús que nos acercará a la ciudad perdida, se ve gente caminando por la ruta, seguramente caminan hace días por el Camino Del Inca, todos con el mismo propósito, alcanzar la cumbre. Al llegar a la entrada del este mágico lugar hay alrededor de unas 60 personas antes esperando por entrar, me apuro para ser parte de la fila.

Las 5am. Abren las puertas y entre la gente logro timbrar mi ticket con el sellos de las 7am del Huaynapicchu. Soy parte de los 300 que podrán entrar ese día. Ahora un poco mas de relajo. Recién empiezo a respirar por las ansias de poder subir tan maravillosa montaña. Un ticket para enmarcar. Algo para recordar. Y recién empezaba mi travesía.

Camino entre la ruinas del Machupicchu. Entre nubes, neblina, lluvia suave pero molesta no logro apreciar su magnificencia. Solitaria esta la ciudad a esa hora. Llego a la puerta de la entrada del Hayna.

7 y 02am.  Se abren las puertas y mi nombre quedo estampado en el libro de visitantes en el numero 5.

Empiezo una caminata dura. Entre escaleras que literalmente te llevan hasta el cielo. Empinadas. De piedra. Entre la selva inca. Llega un momento en este empinado camino donde podrías vislumbrar la mole de montaña, pero te encuentras con nubes, no logras imaginar que en tus narices hay una montaña enorme escondida, pero, ella, aguarda silenciosamente escondida para sorprenderte y premiarte por el gran esfuerzo que estas haciendo. Sigo, subo, subo, subo, ¿2.000 metros? No se, solo se que falta aún para llegar a los 2.667. En un momento me encuentro entre cuevas, gateo. Subo a 2 manos y 2 pies las empinadas escaleras que están frente a mi. Y de repente. No hay mas para subir, estoy en la cima. Por fin.

Las nubes lo rodean todo. Envolviéndonos como un todo.

Son las 8 y algo de la mañana. Quizás casi 9. Todos felices. Todos amigos. Todos triunfadores. En la cima hablamos todos con todos. Nos sacamos fotos. Rogamos a los dioses que las nubes que nos rodean a pocos centímetros se disipen. Y de repente. Y como por milagro éstas corren despejando el paisaje. Lo vemos. Estamos rodeados de montañas verdes y frondosas. De acantilados insinuantes. Sugerentes. Que imagen mas maravillosa. La sensación de estar en el cielo es única. Y pienso en lo que me dijo mi madre, “tráeme un pedacito de cielo”. Si. Estoy ahí. Aquí. En el cielo mismo.

Disfruto ese momento atesorándolo en mi corazón el tiempo que mas puedo antes de empezar el descenso.

Pero aún me queda otra sorpresa mas. Ahí. Abajo. Entre las nubes. Esta Machupicchu. La veo. La devoro con los ojos. La ciudad perdida. No puedo creerlo. Encontrarme con ella así. Desde arriba. Así de mágica. Así de pronto. Resulto ser mas de lo que me imaginaba. Como el último regalo que te da la naturaleza por llegar a la cumbre.


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