“REFUGIO DE MONTAÑA”

24 agosto, 2019 | Por: Fulloutdoor

Nada se compara como aquella sensación de llegar a la cima de una montaña y ver cómo aparece, de la nada, ese hogar que ha estado por tanto tiempo esperando. Ese refugio donde llegar, es como sentir la calidez que percibimos estando en casa.

Texto: Catalina Giraldo Salem

Fotos: Francisco Pastene

De repente, después de un par de horas de caminar por cuestas y bajadas, de cruzar ríos congelados que bajan por el Valle de la Engorda y de sorprendernos por la belleza y simpleza que hay en este lugar, se muestra escondido entre las laderas de la cordillera, el Refugio el Plantat. Ese refugio de piedra donde han pasado tantas personas. Llegar aquí, es sentir las mil y una historias que se han tejido entre estas paredes. Es encontrar ese libro empolvado que está en la repisa encima de la ventana, que alguien dejó con la  intención de que sus páginas estuvieran escritas con los nombres y sueños de quienes se atrevían a conquistar rutas y cumbres. Aventureros que soñaban con ver el mundo desde arriba y de superar sus propios límites.

Es increíble ver hasta dónde te pueden llevar los pies, cuando existe ese deseo profundo en el corazón de explorar lo inexplorado, de caminar nuevos rumbos y abrir nuevas huellas en el camino. Recoger pasos que alguien tuvo la suerte de pisar, alguna vez, en estas tierras.

Los rayos del sol entran por la ventana del refugio, abrigándonos un poco del frío,Mientras tomamos ese té de hierbas, que siempre nos acompaña en cada momento y conversación. Disfrutamos los últimos minutos para comenzar a descender, con la promesa de volver por más días. Este lugar ha sido realmente diferente, es aquí, al pie del volcán San José, donde el eco trasciende la cordillera y sientes que algo del otro lado te devuelve ese llamado. Ese llamado que muchas veces nos acerca a nosotros mismos. Talvez es eso lo que nos deja con una cierta sensación de vacío y nostalgia al irnos, porque estar aquí es simplemente escuchar ese sonido del viento y el silencio que pasa. Es en estos parajes donde, estando así de lejos, logramos percibir lo verdaderamente esencial.

Comenzamos a bajar mirando de vez en cuando hacía atrás, viendo cómo en cada paso que damos se aleja el Plantat, el lugar al que le prometimos volver. En un abrir y cerrar de ojos termina de esconderse bajo la protección de los Apus, que nos ven agradecer una vez más por la magia que nos entregan estas inmensidades.

Perseguimos los últimos rayos del atardecer, con el propósito de llegar hasta abajo para ver el ocaso deslumbrar en el San José. Había olvidado aquella sensación de correr y sentir esa emoción en el corazón por alcanzar un momento. No tan solo para fotografiarlo, sino más bien para guardarlo en la memoria, como uno más de esos tesoros que vamos recopilando a lo largo de nuestras vidas.

Después de bajar casi rodando, ahí estábamos, dos simples humanos con enormes ganas de vivir, mirando esas montañas. Con el aliento agitado y las manos algo congeladas, llegamos justo en ese momento donde el sol da lo mejor de sí mismo. Nos sorprende en cuestión de segundos, envolviendo el cielo de colores, despidiéndose de nosotros de la mejor forma. Nosotros, contemplando en toda su extensión, con el corazón repleto por tener la oportunidad de presenciar y llenar la retina con paisajes como estos.

La noche a caído, y aún nos faltaba camino para llegar. Recorrer estos senderos bajo las estrellas tiene algo que siempre me ha cautivado, tal vez es porque aquí los sentidos se agudizan y tomas más atención a todo lo que te rodea. Comienzas a buscar un sin fin de formas que hacen las estrellas, o detallar mejor los relieves que hay en la luna. También, suelo buscar la estrella que más brille, recordando a un pescador que me enseñó que, encontrarla, es siempre encontrar el norte.

Después de un tiempo de caminar, de caernos y resbalarnos por la nieve, hemos llegado al “Corazón de Jeep”. Ese autito de motor humilde, que guarda en su interior una enorme fuerza. No por nada su nombre es: “Corazón de Jeep”. Creo, que lo tiene más que merecido, pues nos ha llevado por lugares impensados. Acompañándonos a construir más historias, que siempre dejan algo sembrado en nosotros.

Una incertidumbre que nos acompaña a diario, de si es esta la vida que queremos vivir cada día. Encontrando esos refugios de montaña en lugares inesperados, y cada vez más alejados de todo el movimiento, la prisa y el caos. Esos refugios donde el tiempo se detiene, y no existe nada más que ese instante, donde nos encontramos con nosotros mismos.

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