Un veloz ascenso hacia el Ojos del Salado

27 febrero, 2019 | Por: Fulloutdoor

Puede ser una de las batallas más duras que he vivido: lograr una cumbre en solitario hasta el volcán más alto del mundo, con mucho más corazón que piernas y en un tiempo récord que ni yo mismo imaginé…

Texto y fotos por Luis Ovalle Rodríguez. 

¿Qué diferencia a un montañista de un trail running? Quizás sea la indumentaria, quizás sea la velocidad, quizás sean los objetivos. O quizás no existan diferencias, ya que en común, tienen el deseo, la pasión y el amor por la montaña. Unos son más rápidos, otros son más lentos, pero al final, salen persiguiendo el mismo objetivo: la cumbre.

Para un corredor de trail running no es fácil atacar la alta montaña. Se requiere de indumentaria técnica, aclimatación, duros días de porteo, adaptación al ambiente, y por supuesto, un presupuesto a veces un poco alto para no morir en el intento.

Nunca imaginé que subiría al volcán más alto del mundo (Volcán Ojos del Salado), el que también es la cumbre más alta de Chile, hasta que me llegó la invitación por parte del Club Leones de Montaña para animarme a hacerlo, la cual acepté sin titubear. No sabía nada de alta montaña y, lo cierto, es que mi respuesta fue producto de puro éxtasis al saber que intentaría subir aquellos 6893 msnm. No imaginaba cómo sería pero sí sabía que, de alguna manera, lo podría lograr.

A un mes de la salida, todo fue caos para mí. No tenía conocimiento de las herramientas a utilizar, pero el grupo estaba muy bien organizado y tenían una lista con la indumentaria obligatoria para que hiciera el intento… Y lo segundo, fue salir a buscarla. Gracias a las tiendas Volkanica Outdors y Dynafit, pude satisfacer mis requerimientos: botas, mitones, piolet y primeras capas. Además, pedí prestados una parka de plumas y pantalón térmico, los que me protegerían de las bajas temperaturas.

Listo con todo lo anterior, llegó el día de partir, y en mí, habían muchas emociones de alegría y temor al saber que estaría en las altas cumbres durante 8 días, desconectado de la civilización, lo que era una real maravilla. Y así, partimos de Copiapó a Vallecito conociendo lugares hermosos durante el recorrido.

La primera noche dormimos a unos 3400 msnm. (días anteriores había realizado la cumbre en el cerro El Plomo, con mucha velocidad, por lo tanto, estaba aclimatado). De allí partimos a Laguna Verde ubicada a unos 4300 msnm., la cual sería nuestro campamento base (CB) para lo que se venía. Al tercer día  partimos a hacer cumbre con mi cordada hasta el volcán Ermitaño, de 6120 msnm, lo que significó recorrer unos 20k desde el CB hasta la cumbre. Finalmente, fueron días de interminables acarreos, vientos intensos y mucho peso en las mochilas, pero siempre de buen ánimo y alentando a mi cordada Álvaro Zerene.

En este lugar realizamos cumbre y volvimos al CB Laguna Verde, donde nos recibieron con una cena y lindos mensajes de aliento que nos llenaron el alma y nos motivaron a seguir. Así, llegó el quinto día, y debimos partir hacia el campamento base de Atacama a unos 5200 msnm, sitio que sería testigo de cada intento propio y los del grupo.

Una vez aquí, el equipo decidió atacar desde el campamento base ubicado en Tejos (a 5800 msnm.), por lo que el día seis comenzamos porteando agua, crampones e indumentaria para poder atacar la cumbre desde este BC, mientras que en mi mente siempre estuvo atacar cumbre desde el CB en Atacama, ya que a los 5800 requerían de muchos días de aclimatación. Y, definitivamente, aquella jornada fue de ayudar al grupo a trasladar todo lo necesario para su ataque el sábado.

Si bien manejábamos un reporte meteorológico, todo era incertidumbre. El viernes parecía perfecto para atacar, y el sábado, iba a estar nublado y con posibilidades de tormenta.  El jueves, después del porteo de agua e indumentaria, preparamos la cena, momento que aproveché para comunicarle al grupo que dados los reportes y las condiciones meteorológicas, el viernes tomaría la decisión de atacar cumbre en solitario, ya que al haber entrenado, sabía que mi cuerpo estaría recuperado para la misión final. Finalmente, el grupo me dio su completo apoyo y me animó a ir por la gesta.

Aquella fue una noche fría, en la que los sentimientos y sensaciones se encuentran. Dormí de manera formidable y a las 4.20 a.m. ya estaba en pie de guerra. Usé, desde el campamento base hasta la cumbre, toda la indumentaria que tenía disponible: 2 primeras capas, 1 cortaviento, 1 parka de nieve, 1 parka de plumas de baja densidad, y una de parka alta; botas de alta montaña, 2 calcetas térmicas, 2 primeras capas en la parte inferior, y un pantalón térmico; mi mochila cargada con 3 litros de agua, un par de raciones de marcha, y al ataque.

Hacía un frío que no daba tregua, con una sensación térmica de menos 30 grados. Mis pies lo captaron con mucha rapidez y acelerar era la única misión, mientras que, llegar lo más rápido posible hasta la cumbre, fue otro de los objetivos.  Desde los 5200 a los 6300 msnm., mi corazón palpitada tan rápido como podía, y mi cerebro, aunque claro, iba pensando en mi familia, en lo lejos que estaban de mí y en la falta que me hacían sus palabras de ánimo. Pero no era momento de llorar sino de esforzarse y de llevar al cuerpo hacia los límites que la física permitía.

Mis pulsaciones comenzaron un ritmo de 170-180 a partir de los 6500 msnm., el frío no daba tregua, y el viento era su mejor ayudante con ráfagas de 50-60 km/h que subían hasta la cumbre con acarreos eternos. Finalmente, restaba un paso corto por el glaciar, y la deseada  cumbre ya estaba ahí.

Siempre en solitario, la mente juega de manera muy intensa haciéndonos pensar en los peores eventos que pueden ocurrir: ¿y si me pierdo? ¿y si no llego a cumbre? , sin embargo, le dije fuera a la incertidumbre porque entre más subía, mejor sentía mi cuerpo y nunca me sentí tan lúcido. De pronto y a los 6700 msnm., di un giro hacia la izquierda y pude ver el hermoso cráter del volcán junto con una enorme pared que te deja sin aliento al ver lo imponente y magnífico de la belleza de la naturaleza.

Sin dudarlo, un instante enfilé directo hacia la zona de escalada y fueron unos 40 metros de suelo técnico con rocas que terminaron en el ascenso de aproximadamente 4 metros, para girar en otra diagonal y así llegar a la cumbre y sin arnés. Subí con los brazos cansados, pero la ilusión cada vez era más grande y, de repente, la cima estaba bajo mis pies. Vi mi reloj y habían pasado 4 horas y 20 minutos desde que salí del campamento base Atacama. Entonces, me comuniqué con el CB donde se encontraba mi equipo de montaña, y les dije, “atentos, atentos, Luis Ovalle en cumbre”. Inmediatamente oí muchas voces de felicitaciones. Tomé un par de fotos para inmortalizar la maravilla de estar allí arriba y recordé todos los días de entrenamiento previos en los que corrí 15k diarios para adaptar mi cuerpo a la deuda de oxígeno, lo cual había servido.

Rondaban muchos pensamientos hermosos por mi mente, como que podría vivir ahí arriba de aquel maravilloso y tan increíble paisaje, pero el frío en mi mano terminó rápidamente con esos pensamientos. Que se venga el descenso. Desescalé de una manera no muy técnica pero rápida y corrí tan veloz como mis pies lo permitieron, atados a mis maravillosas botas de montaña, pesadas pero cubriendo una necesidad ineludible por proteger mi pies. A esa altura, enfilé mi cuerpo hacia el  acarreo y cada paso se sentía más liviano que el anterior, mientras que la alegría de haber cumplido con la misión, la podía sentir a flor de piel, en medio de otras mil emociones.

Divisé el refugio de Tejos muy pequeño a la distancia, lo que me jaló de manera mágica hacia su morada. No di tregua al descenso, y di un paso por el glaciar y los penitentes de manera rápida. Mi maquinaria funcionaba a tope, ¡qué maravilla! Y con el refugio cada vez más cerca, pensaba en mi madre, en el resto de mi familia, y en lo bueno que sería que estuvieran ahí. Solo quería un abrazo.

Después de unos 4k de acarreo intenso aterricé en el campamento base cuando un montañista salió a recibirme, Daniel lorca, quien me fundió con un mega abrazo, como si lo conociera de toda la vida. No pude contener el llanto y lloré por un minuto (como cuando un bebé ve la luz por primera vez) y él también lloró conmigo, y vaya que descargué mis emociones. Quizás el abrazo más maravilloso que he recibido en mi vida, me lo ha dado un montañista.

Después de las palabras de aliento y de registrar mi nombre en el libro, nos quedaban unos 3,5k hasta el campamento base de Atacama, y demoré otros 35 minutos en un descenso que di a todo vapor. A mis amigos del Club Leones de Montaña me los encontré en el camino, y entre medio de mucho aliento y abrazos, continuaron porteando su equipo para atacar la cumbre el día sábado.

Encaminé mis últimos esfuerzos para llegar al campamento base de Atacama, después de 5 horas y 53 minutos. Y así fue como completé la misión con satisfacción, una cumbre en solitario hasta el volcán más alto del mundo, con mucho más corazón que piernas y con mucha más pasión que físico. Nunca dudé de mis capacidades, y siempre fui recordado las palabras de un buen amigo: “eres la persona más fuerte que he visto en la montaña”, me decía. A veces lo creo y otras no, pero siempre me motivan a seguir adelante.

Regresé al campamento con mucha energía y con muchas ganas de hablar, pero estaba vacío… las emociones se habían quedado en el camino. Así que preferí caminar, elongar y comer,  y sentarme a admirar desde lejos la majestuosa montaña de los Ojos del Salado. Simplemente maravillosa. Esta vez la conquista fue mía, y sin lugar a equivocarme, puedo decir que fue la más dura batalla que he dado en mi vida. Hoy dejo el registro para que exista un precedente, no para vanagloriarme ni para alimentar mi ego, sino para para que muchos y miles de mejores corredores puedan tener una referencia y mejorar estos registros.

¿Existe alguna diferencia entre el corredor de montaña y el montañista? Si es así, que alguien me lo explique.

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