Diario de un corredor principiante

25 septiembre, 2018 | Por: Fulloutdoor

Las vueltas de la vida, hicieron que Rodrigo Hernández, periodista  de 33 años, descubriera el trail running, una práctica que lo ayudó a reencontrarse con su trabajo y con el deporte.

Texto Rodrigo Hernández

Pasión

El día anterior a escribir este relato estuve en la hermosa y conmovedora despedida de la pintora Natalia O’Ryan Zúñiga, quien a sus 32 años viajó a su nueva dimensión a través de un paro respiratorio. A pesar de haber sido para mí una “persona que quizás conozcas”, como sugeriría Facebook, pude advertir una existencia desplegada en la pasión y en el talento, como evidenciaban sus coloridas obras alrededor del féretro, las canciones de su familia de músicos, la ternura y devoción en el discurso de su padre… Una vida bien vivida y una muerte tan sorpresiva como la muerte, sentenciadas gráficamente por -diría Jorge Tellier-  “quizás lo único verdadero: que respiramos y dejamos de respirar”.

Había recordado el verso del poeta en diciembre pasado, subiendo hasta los pies del glaciar del Cerro Castillo, en el tercer día de competencia del Hi-Tec Outdoors Week: Nunca había sentido tan fuerte mi respiración, por lo que nunca me había sentido tan vivo. El arte y el deporte son la excelencia, la experiencia trascendente, las mejores formas de sentirnos en el aquí y en el ahora, y paradójicamente nos permiten recordar, imaginar y sentir algo a la vez tan etéreo y concreto: el “tiempo” no existe. Los griegos nos enseñaron los valores del arte y el deporte no como hobby ni para crear ineficientes ministerios de la cultura y el deporte para satisfacer a un “nicho”, sino como principios fundamentales para inspirar nuestras leyes y diseñar nuestra sociedad, porque encarnan la autenticidad misma del ser, la psicodelia o manifestación más pura del alma. Así que, con todo esto, decidí lanzarme a correr.

Muerte

Soy existencialista melancólico. Esto hace que me demore varias vueltas en mi cabeza en comenzar a hacer todo y que en la búsqueda de ese todo intente encontrar la perfección. En 33 años, es la primera vez que escribo acerca de mí mismo, quizás la última, y por lo mismo decreto: Me gusta ser como soy.

Hace unos cuatro años atrás, un traumatólogo me despojó de mi principal entretención: Me dijo que si quería seguir jugando fútbol, mejor me comprara un taca-taca. Había ido a consultarle por mis insufribles dolores de espalda y me diagnosticó un problema congénito en la cadera, algo así como un principio de artrosis que se irradiaba a todo el lomo, por lo que me recomendó dejar el deporte de alto impacto y dedicarme al senderismo, la bicicleta y la natación. Fue una condena y a la vez un regalo. Evidentemente, como buen pelotero, primero vino la negación, la rabia, la ansiedad, el sedentarismo, otro indigno episodio de mi crónica adicción a la comida, el consiguiente aumento de peso y la lógica multiplicación de mis lumbagos. Mi actividad física se redujo, durante meses, a correr para alcanzar la micro y a hacer “el” abdominal de rigor cada vez que me levantaba de la cama. Adiós a las pichangas, las ligas y los terceros tiempos… Aunque a las pocas semanas me confortaron los adioses a las lesiones, al compromiso colectivo y los dramas de camarín.

Resurrección

Encontré rápido consuelo en el nado, que fortaleció mi constancia y musculatura. Aprendí a flotar todo el tiempo que quiero, quizás la sensación más parecida a estar en el vientre materno, y que ofrece dos bendiciones: meditación profunda y descansar en aguas abiertas para seguir nadando. Me tomé muy en serio el montañismo, que pasó de ser mi deporte “b” a transformarse en mi refugio, mi templo y mi sanación. El Manquehue, nuestro “Apu” sagrado, que con suerte miramos de reojo y tapamos con horribles edificios, fue mi principal aliado, con visitas semanales que purgaban todos mis demonios y me hacían sentir un hombre libre y mejor. Paralelamente, apareció otro de mis lugares favoritos en el mundo. Mi amigo Aníbal Valenzuela me invitó a trabajar a su agencia de comunicaciones Más Verde, donde al poco tiempo identifiqué a mi tribu, aprendí los valores de la sustentabilidad y, en consecuencia, me compré una bicicleta que me hizo amar el viento, la independencia y hasta la ciudad. En Más Verde encontré pura gente noble, creativa, honesta y descontracturada, por lo que mi espalda se fue descontracturando también, e incluso comencé a sentir algo que hasta entonces con suerte creía haber experimentado: me relajé. Comprobé que en una oficina el trabajo y las decisiones se pueden llevar de manera óptima y profesional a escala humana y no a escala de mercado. Mi carga social se hizo mucho más liviana y mi habitual postura de marioneta de hombros levantados fue cediendo. Las lumbalgias se disiparon y hasta hoy sólo vuelven en momentos de altísima tensión o tras posarme un buen rato sobre asientos muy blandos o muy duros.

Un día que no recuerdo nació el equipo de futbolito de la agencia y me invitaron a jugar. Llevaba casi tres años sin tocar una pelota y temía lesionarme, lo que efectivamente ocurrió en los dos primeros partidos, alrededor de los 20 minutos de match. En el primero fue una contractura en el muslo,  en el segundo un tirón en la espalda baja. Fueron dos derrotas de las que me sentí culpable, por lo que decidí prepararme varios meses antes de jugar otra vez: Más cerro; más bicicleta; más natación; más horas de sueño; mejor alimentación. En el tercer partido fluí y fue así, fortaleciendo mi cuerpo, como volví “a chutear”.

Iluminación

Mi existencialismo melancólico se manifestó en plenitud la mañana del 12 de noviembre del 2016. Había viajado a la Reserva Nacional Malalcahuello-Nalcas como encargado de comunicaciones de la segunda versión del Andesgear Corralco Challenge,  trail running con distancias de 15, 32 y 70 kilómetros. Para Pablo Pérez, vigente bicampeón de la prueba en 70 k, es “la carrera más linda de Chile”. Sus rutas entre araucarias, circundando el Volcán Lonquimay, transportan a una conexión y comprensión de nuestros pueblos ancestrales.

A cambio de alojamiento y alimentación de lujo, me comprometí a sacar fotos de la ruta 15 k para las redes sociales del Hotel Corralco. Para poder inmortalizar a los competidores en el trayecto, mi plan era  salir dos horas antes de la partida de dicha categoría, tiempo suficiente para hacer bien el trabajo, aprovechar de conocer tranquilamente el parque y detenerme un rato a hippiar. Evidentemente, nada de eso se cumplió. Terminé saliendo a las 11 am, misma hora de la largada, y no me quedó otra solución que correr. Mi plan sería meterle con todo -mientras pudiera- en los planos y las bajadas, y “descansar” activamente en las subidas. Al poco andar entendí que no había descubierto la pólvora, ya que sólo los punteros corrían en los ascensos -no en todos- y el resto de los mortales utilizaba la misma estrategia que yo. Descubrí que una o dos pichangas al mes e igual dosis de sesiones de natación y visitas al Manquehue, además de transportarme en bici, me tenían en una más que aceptable condición aeróbica, y que en las subidas recuperaba la ventaja que cedía cuando paraba a tomar las fotos. Un factor que me hizo sentir ridículo pero orgulloso a la vez, fue mi equipamiento. Mientras los participantes pasaban hidratándose con sus camelbacks y vistiendo la polera oficial de la corrida y zapatillas livianas de última tecnología, yo me había organizado tal cual salgo a un día de trekking en Santiago, al Cerro Provincia o al Pintor: Zapatos de suela pesada y una mochila de colegio cargada con al menos cuatro kilos, entre comida, agua, abrigo, ropa de reemplazo, bloqueador solar y hasta papel higiénico. Como toda corrida bien organizada, Corralco Challenge tenía puntos de hidratación en los que se ofrecen frutas, líquido y chocolates, por lo que no abrí la mochila en todo el trayecto. A ojos de los corredores, como algunos me lo manifestaron, me veía insuperablemente amateur.

Fue un desafío muy duro mientras me acomodaba a las exigencias y botaba el primer aire o, bien dicho, me desintoxicaba. Los cinco primeros kilómetros se me hicieron eternos. Pero poco después de la primera estación de abastecimiento, alguien me gritó que ya llevábamos 8 k. Creo que fue Emmanuel Acuña, monstruo del ultra maratón, quien diseñó las rutas de la competencia.  Enterarme de que quedaba menos de la mitad y que mi organismo estaba respondiendo fue alentador. Tenía a la mitad de los competidores a mis espaldas, me sentía entero, el día estaba precioso y sólo me quedaba disfrutar. Entonces solté el cuerpo, me conecté con la naturaleza y fui feliz corriendo: Estaba haciendo deporte, en la mitad de la Pacha Mama, con un día maravilloso, y me sentía más realizado que nunca porque, al fin y al cabo, estaba trabajando y por fin el periodismo me reportaba plena satisfacción. Pensaba “ésta es mi vocación y voy a dedicarme a esto toda la vida”. Al cruzar la meta alguien me puso una medalla. Llegué por sobre la media de los competidores. Recordé mi ida al traumatólogo. Agradecí y lloré… Fue así como me enamoré de La Araucanía y volví para explorarla junto a mi novia en las vacaciones de verano.

Milagro

Pedro Meneghello es un amigo con una particularidad que agradezco: siempre que llama son buenas noticias o se trae algo entre manos que me sacará del tedio. Enterado de mi aventura en Corralco, me llamó para ir en diciembre a hacer la misma pega al Hi-Tec Outdoors Week, en Villa Cerro Castillo, a 67 kilómetros de Coyhaique.

Fueron 3 días seguidos de carrera y 51 kilómetros de recorrido, en los que el dolor, ese dolor con que sólo el deporte trae alivio y nos hace sentir vivos,  se perdía en la belleza de la Patagonia. Setenta competidores para un trayecto único por día, con asado de cordero y cerveza artesanal para coronar cada jornada, generan un ambiente que alguien bien definió como “un paseo de curso”. Lo más lindo de todo es el poblado mismo y su encantadora gente: Son ellos quienes acogen en sus casas a los corredores, ofrendan sus artesanías como premios y hacen de este evento su principal fiesta en el año. La solidaridad en la ruta y fuera de ella es algo que he descubierto como la esencia del trail running, y en Outdoors Week se expresa con toda su fuerza. Compartir con próceres de este deporte como Marlene Flores, Cristián Olguín y el local y ganador de las tres etapas Pablo Mautz (la gran revelación del trail en Chile), ha sido uno de los grandes regalos en este nuevo camino. Mujeres y hombres de hierro con corazón de alcachofa, que permiten descubrir en su cautivante humildad el secreto de su éxito.

Las rutas fueron tan variadas como indescriptibles. Cuando la belleza es tan extrema, mejor desnombrarla que ensuciarla con adjetivos, por lo que me limitaré a compartir las emociones que viví el tercer día. Esta revista es leída por deportistas consagrados y alardear sería absurdo, sólo quiero consignar que los límites, como el miedo, son tan abstractos como imaginarios, y que cada uno tiene el poder de fijarlos, acortarlos, romperlos y hasta borrarlos. El desafío de esa jornada final era el ascenso a la laguna a los pies del glaciar de Cerro Castillo, una de las montañas más increíbles, hermosas y majestuosas de la Tierra. Tras dos extenuantes primeros días de esfuerzo, decidí que las fotos de la ruta las tomaría en el descenso, para aprovechar mi virtud que son las subidas, pues mi ego deportivo quería medirse. Lo inesperado fue que el trayecto desde el punto de partida en el pueblo hasta los pies del cerro, fue mucho más largo de lo que suponía. Corrí ese primer tramo lo más rápido que pude, para no dar ventajas, y cuando empecé el ascenso ya se me salían los pulmones por la boca. Pero decidí no parar hasta el final. Así subí los nueve kilómetros jadeando. Cuando ya no pude más, a mitad de camino, tiré el ego por un acantilado y decidí que avanzaría sólo con pensamientos de gratitud. Primero, hacia Dios. Aquél que no conocemos y que nos proporciona la respiración, el amor, la contención, la energía, el calor, aunque no sepamos de dónde vienen. Estando en el vientre materno ocurre lo mismo, hasta que trascendemos por un túnel hacia un nuevo mundo antes inimaginable, lo que me hace creer en la trascendencia y el amor eterno. Gratitud por Catalina, que me da alas para volar este sueño, y por tantos familiares, paisajes, amigos y compañeros de ruta. Gratitud por Manuel de Tezanos y Mauricio Purto, amigos  que con su ejemplo vivo me han enseñado que la voluntad es el motor y el camino. Gratitud por la poesía de Tellier… Ése tipo de ideas me impulsaron a no detenerme hasta el final. Llegué con el grupo de avanzada y no pude creer el lugar en el que estaba. Algunos extranjeros y los corredores más experimentados, comentaban que no había otro punto de meta tan increíble en el mundo. Perdí cuatro uñas y la bajada fue una tortura que bien valió la pena… Outdoors Week fue un trance hacia la dimensión onírica del tiempo, soñando recuerdos y recordando sueños.

Consagración

11 de febrero de 2017. Merrell Futangue Challenge by Garmin. Lago Ranco. He sido invitado a trabajar y a correr. Será mi tercer desafío en exactamente tres meses. Acepto. Tres semanas antes de la corrida voy a jugar fútbol, pasión desjuiciada. Desgarro en el isquiotibial. La mitad de mi pierna está morada. Decidiré si compito el día de la carrera. Para entonces, el hematoma se ha ido, pero aún siento tirones. Cristián Valencia, animador del evento y hombre del running, me aconseja que corra con pasos cortos, que no estire el músculo. Le haré caso. Me he inscrito en la categoría 18 k, que a último minuto se ha alargado a 21. Fulloutdoor me ha invitado a escribir esta historia y tengo que terminarla. La selva valdiviana me espera. En poco más de tres horas cruzo la meta. Valencia me felicita y me abraza. Ya soy un corredor. Del montón, pero soy uno. Me prepararé nadando, pedaleando y caminando. Sólo correré en las competencias. Así cuidaré mi espalda y mi cadera. Uno traza su destino. No un juez. No un editor. No un jefe. No un doctor. Mañana serán 30 kilómetros. Pasado mañana, quizás 60. Hay quienes corren hasta 160, que es como correr 4 maratones en casi dos días, sin parar…  No es locura. Es amor.

Epílogo

Ya es 5 de marzo y me encuentro en la despedida de Natalia O’Ryan Zúñiga. Sobre el final del emotivo discurso, su padre nos invita a cerrar los ojos e imaginar la realidad que sus palabras construyen. Él y su hija están en lo alto de un cerro y lo bajan tomados de la mano, corriendo, hasta lograr tal impulso que les permite emprender el vuelo… Es eso lo que busco cuando corro. Más o menos.

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