Mi primera carrera de Trail

14 mayo, 2018 | Por: Fulloutdoor

Con la misión de recorrer 32 kilómetros a los pies del Volcán Osorno, me aventuro en mi primera competencia de trail running: Vulcano Ultra Trail 2017.

Texto por Andrés Nusser. Fotos cortesía Ultraman.

Es mi primera carrera, y no es una de carácter común. Es Vulcano Ultra Trail, una oda al Volcán Osorno: imponente guardián y jefe icónico de la Región de los Lagos, protector del Llanquihue y Todos los Santos, incasable vigilante del poderoso caudal del Río Petrohué y vil castigador de aquel quien ose alcanzar su cima sin respeto a las cicatrices que el tiempo curtió en su costra de hielo. No está sólo, le acompañan 2 hermanos de altura. El Volcán Puntiagudo con sus filos magníficos hacia el Este y el Calbuco con su hermosa figura hacia el Suroeste, quién en una iracunda e incontenida erupción tapizó con lluvia de piedras, polvo y arena la piel ruda y antigua del Osorno en abril de 2015.

Ese es nuestro destino. Es VUT 2017 y tenemos la misión de correr 32 kilómetros sobre terrenos cambiantes e impredecibles. Viajamos con mi novia Paola en auto desde la casa de mi papá en Osorno, disfrutando de los regalos al alma que nos ofrecían el camino, el campo, los bosques y el aire perfecto de la mañana. Nos íbamos haciendo chistes y filosofando sobre el desafío que enfrentaríamos. Las nubes cubrían el cielo y el volcán apenas se dejaba ver de manera parcial, pero para nuestra suerte se fueron disipando a medida que nos acercábamos a la largada de la carrera, dejando su figura gigante y geométrica al desnudo. Como sorpresa alentadora, cerca del pueblo de Las Cascadas vemos a una corredora en estado de alta concentración seguida de otra decena de participantes de los 102k del VUT. Les dimos todo el aliento posible a estos grandes, que habiendo empezado su carrera 9 horas antes, aún tendrían que completar una vuelta circular por la falda completa del volcán.

Días antes ya venía escuchando los consejos de Paola, basados en su experiencia como corredora de cerro y en los 45k que completó en la edición de VUT 2016. Siendo ésta mi primera competencia los nervios aparecían cuando pensaba cómo afrontar este desafío. Mi entrenamiento no ha sido continuo y no había preparado para la carrera. Me gusta la montaña y la naturaleza y amo los senderos de nuestro país, pero en general he sido más un caminante de mochila pesada que un corredor de mochila liviana, por lo que esta carrera sería un gran aprendizaje para mí.

Entre los tips que compartió Paola conmigo estaban el correr con tranquilidad, no hacer carrera contra otros competidores ni contra mí mismo, regular la energía a una cantidad menor del tope (de manera que no se me agotaran las reservas ni reventaran los músculos antes de lo necesario), y también, que me diera tiempo para contemplar el paisaje y tener conversaciones casuales con otros corredores. Básicamente, disfrutar. Estudiamos la ruta; los planos, ascensos y bajadas, ubicación de los controles y puntos de hidratación, y hablamos sobre lo difícil que sería correr sobre arena y piedra volcánica. Aprendí así que corriendo un poco más de punta el suelo arenoso se haría más liviano y menos difícil. Si no fuera por estos datos esa noche no habría podido dormir de ansiedad, pero descansé tranquilo como un lirón.

La largada de la carrera se ubicaba en el camping del Lago Todos Los Santos. Nuestra distancia encajonaba a las 9:45 y largaba a las 10. Llegamos justo para ver como salían los corredores de 48k a las 9AM, quienes subían en masa por un largo camino de arena negra hacia el volcán. Al minuto de encajonar Paola se ubicó adelante cerca de los primeros y yo bien atrás. Los primeros kilómetros fueron en falso plano de arena, dónde iba siempre corriendo de manera liviana y contenida, y para mi sorpresa, adelantando constantemente.

Al kilómetro dos ya empezaba la subida de 500 metros verticales hacia el primer control, que de paso daba lugar a la primera bajada. Fue ahí donde hice mi primer cambio de switch. Corrí como loco hacia abajo junto a un pequeño grupo amistoso formado con otros dos chicos. En el kilómetro 9,4 estaba ubicado el primer PAS (“Cruce”), al que hice caso omiso para no bajar el ritmo y comenzar corriendo la siguiente subida, que ésta vez acumularía 900 metros de altura. Ahí nos juntábamos con los recién largados de la de 17k y algunos corredores del circuito de 48. La subida comenzó por un río de deshielo que estaba seco, donde se formaban largas filas para pasar entre árboles y rocas grandes, haciendo muy difícil seguir apretando la marcha. Decidí bajar el ritmo e integrarme al paso del grupo.

Luego de subir varios kilómetros por el lecho del río desaparecieron los árboles y el paisaje volcánico se hizo presente. Tomé el consejo de un corredor que ya había hecho la carrera un par de veces de no apurarme demasiado en llegar a “PAS Desolación” (ubicado en el kilómetro 17, nuevo punto de inflexión que separaba a los de 48 y 102k con los de 32), ya que falsas ondulaciones daban la impresión de estar cerca de éste. Casi no corrí por esta subida pero iba sin cansarme a un ritmo fuerte y creciente.

Recuerdo un acarreo tremendo formado por deshielos del volcán donde aproveché de divertirme corriendo para abajo como un niño, lo que me hizo caer y recuperar a mitad de bajada… me hizo reír mucho. Cruzando el lecho subimos por una pequeña pendiente con nieve, donde PAS Desolación se hacía ya presente a la vista. No debía quedar más de un kilómetro para llegar ahí.

Tomé dos vasos de isotónico y comí media naranja sin parar; no quería perder el ritmo ya que empezaba un camino hermoso en falso plano con una postal maravillosa del lago y sus islas boscosas abajo al fondo. La vista y el comienzo de la nueva bajada me llenaron de energía y volví a ritmo de corredor con una sensación muy liviana en el cuerpo. Pronto la inclinación de la bajada sumaría grados y con eso la velocidad de mis pasos y bastoneo aumentarían. Esta vez la arena blanquecina jugaba a favor, dejando hacer largas zancadas con aterrizajes suaves. Iba muy rápido y feliz, me sentía esquiando en la nieve.

El descenso terminaba en el “PAS Hidratación”, ubicado en el kilómetro 22, que nos haría girar en 90 grados hacia el este para reingresar en el bosque del lago. Acá fue dónde comenzó la parte más difícil de mi carrera. Se me iba la energía y me costaba mucho mantener un paso de trote sobre la arena, no quería ni podía parar, por lo que tuve que caminar por un largo rato. Como consecuencia me dejó un corredor atrás por primera vez, lo que me hizo empezar a sentir ansiedad. El paisaje y el bosque ya no ayudaban a avanzar, y fue ahí que conocí la locura de corredor que Paola me describió más de alguna vez. La mayoría del tiempo me encontré sólo en estos senderos, luchando contra una mente divagante, creyendo que me había perdido aun siendo que las marcas estaban muy claras.

A 7 kilómetros de la meta, pasado “PAS Los Alerces” en el km 25, mis pantorrillas estaban a punto de estallar en calambre y varios de mis dedos sangraban por interno (por falta de costumbre creo). Si apretaba más no podría seguir, la arena dolía en los pies y en el alma. Me alcanzaron dos corredores más y se formó un nuevo grupito de tres que rápidamente se minimizó en una dupla. Sin estos compañeros los últimos kilómetros habrían sido mucho más difíciles. No era una carrera que podría completar sólo, amigos eran necesarios.

Cuando bajamos a la playa mi lesión histórica de tobillo empezó a doler muy fuerte y la sensación de estar en un sueño más que en la realidad era impresionante. A esa altura volvíamos a cruzar con los corredores de 17k y había mucha gente dando aliento, tanto corredores como turistas y gente de la organización: “dale, dale que queda poco, solo queda una pequeña subida y viene la meta”, recuerdo. Caminaba por la playa y los bosques, con la sensación de que mis piernas eran neumáticos reventados. Intentaba correr y era casi imposible.

Cuando supe que quedaban tres kilómetros recobré energía y aceleré mi paso, la música y el ruido de la meta ya eran audibles, el fin ya se aproximaba. Un túnel de flores amarillas y la imagen de Paola en la meta me empujaban a seguir. Ya era la última bajada a la playa y veía entre el sudor que goteaba sobre mis ojos el arco de meta y a la Pao esperándome ahí. Esos últimos pasos fueron los más dolorosos, pero el sentimiento de haber terminado la carrera fue increíble. Lo primero que dije al llegar fue “nunca más corro esto” mientras me echaba a morir al piso, claro que a los cinco minutos decía: “¡quiero correr esto de nuevo ya!”. Es una extraña sensación en la que se mezclan el deseo de terminar con las ganas de que no se acabe nunca.

La experiencia fue espectacular. Tener la oportunidad de participar con toda esta gente, gran organización, y aún más, en este lugar de la tierra, fue fantástica. Es algo único y que recomiendo a todos. Como resultado personal creo que me fue bastante bien siendo mi primera vez en carrera. Saqué 7º en mi categoría (de 39) y 23º en la general (de 107) de 32k. No será el mejor resultado, pero sin duda fue mucho mejor de lo que esperaba. Sólo haber terminado fue suficiente para hacerme feliz.

Quiero dar las gracias a la organización de Vulcano Ultra Trail, a FullOutdoor por la oportunidad, a mi novia Paola por su amor y consejos, a mi entrenador Luis Montenegro, a Nike por la ayuda y al maravilloso Sur de Chile por aquel gran fin de semana.

*Esta experiencia apareció en la edición Número 42° de la Revista Fulloutdoor.

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