Volver a mis raíces

5 febrero, 2018 | Por: Fulloutdoor

Una visita a Italia y sus alrededores, con el fin de combinar el amor por el deporte, la montaña y el trail con la pasión por los conciertos, la música y los festivales.  Este viaje es una vuelta a mis raíces, a mis tradiciones y sabores.

Texto y fotos: Paola Castelvecchio

He estado esperando dos años este momento: en mi bolso un par de libros (que nunca alcancé a leer), mi GPS y el pasaporte. Destino Milano y en mis planes Italia, Suiza y Francia. No, no he clasificado a UTMB ni a TDG, solo vuelvo a mis raíces con una mirada diferente, con la necesidad de vivir esas tierras de una manera holística. Quiero que nuestros ojos se cansen hasta de sorprenderse, que la curiosidad nos dé las ganas de seguir buscando nuevos destinos hasta el último día de este viaje.

Sobrevolamos paños de tierra verde, lagos resplandecientes y ríos que cortan la campaña como hilos de plata. Reconozco esos primeros cerros que tímidos introducen el arco alpino, majestuosa densidad blanca que sella la tierra italiana con la francesa. Las sombras de bosque sobre la roca son la firma de una naturaleza que huele a infancia, que huele a dulce hogar.

Aterrizo, me despido de la compañera del último vuelo y me preparo a respirar el bochorno estival: el aeropuerto es desierto, no obstante el comienzo de la alta temporada, me muevo unos metros desorientada hasta encontrarme con la querida mirada de mi hermano.

A 60km al sud de Milan, las mañanas de verano pintan de amarillo el cielo y despiertan los gansos selváticos, el burgo de Pizzighettone yace inmutado a la orilla del río Adda, baluarte invicto de miles de batallas medievales. Me reciben los mismos rostros de siempre, el pueblo no cambia, solo envejece durante mi ausencia: reconozco el olor de las últimas flores de la ‘falsa acacia’ mientras observo las ramas del sauce llorón acariciar las aguas del río.

He vuelto. He vuelto a mis raíces, a mis tradiciones y sabores, pero me quedaré poco aquí: la idea de este viaje es gozar de mi identidad tratando de fundirla con las pasiones que Chile me trasmitió, el cerro, los paseos interminables en la montaña y el trote, asimismo la pasión por los conciertos, la música y los festivales. Quiero que sea una experiencia a 360 grados, sin limitaciones ni itinerario fijo, tenemos un solo compromiso y ticket comprado: Festival de Jazz de Montreux (Suiza).

Lo bueno de Europa es que está todo “cerca”, o por lo menos esta es la visión que un chileno podría tener. Con este enfoque de proporciones distorsionadas no he alcanzado ni a deshacer mi maleta y ya estamos armando una mochila de 50 litros y llenando un maletero con la quincallería de camping.

Primera parada: Córcega (FR) rumbo a los check points del GR20 (Ruta de senderismo de gran recorrido que atraviesa la isla de Córcega de noroeste a sureste a lo largo de 180 km y más de 22 mil metros de desnivel). A esta aventura me acompaña mi hermano Daniele y mi media naranja Andrés. El mismo Daniele es quien ha sugerido este destino: el verano pasado decidió desafiar en modo trekking el macizo central de la Isla para sellar esta Grand Randonnée (Gran Paseo – “paseo” de 180km le dicen!). Fue un intento fallido en la mitad del recorrido: al parecer estas montañas son hermanas de los Alpes y sus cumbres de más de 2000mt requieren una buena garra y sobre todo preparación técnica en términos de entrenamiento y equipo.

Bueno, yo estoy de vacaciones y mi cerebro pleno no tiene la mínima intención de vérsela con este tipo de programación, así que me pongo mis zapatillas de trail, un camelback liviano y decidimos recorrer la etapa de Col de Bavella por el día, para saber qué sabor tiene.

Impresionante. Sin darme cuenta estamos en un clima montano a solo 40 minutos de las mejores playas de la isla; los picos de granito cortan el cielo de manera abrupta, creando crestas que bajan hasta los bosques de coníferas; la zapatilla sufre sobre este suelo agresivo, el agarre excesivo me carcome la suela mientras mis bastones de Trail resbalan inútiles sobre esta roca durísima. Andrés y yo parecemos haber aterrizado en otro planeta, no entendemos nada de esta geografía mientras mi hermano ya ha tomado su distancia con su paso zen. Cada rincón es un asombro, cada vuelta un paisaje diferente que nos pinta los ojos de los colores crudos de esta naturaleza todavía salvaje.            El cansancio no se siente y posponemos nuestro delicioso almuerzo a base de quesos y fiambres locales. Las subidas no perdonan mientras los senderos del bosque son una exquisitez, mis piernas no aguantan y debo correr en esos senderos, frente a las quejas regañonas de mi hermano que todavía no entiende eso de querer correr por todo el lugar. La verdad es que yo tampoco lo entiendo, pero es algo que nos llama desde lo más profundo, algo visceral que no necesita una etiqueta: es una pasión.

Es aquí que por primera vez me enfrento con su realidad, la realidad pesada del trekking, tremenda disciplina basada en una gran virtud: la paciencia, algo que el caminante va absorbiendo de a poco, alejando las ansiedades del trayecto, los miedos del camino y el peso psicológico de una mochila que encarna al mismo tiempo tu mejor amigo y tu peor enemigo. Debemos entender la dinámica del tiempo, la música de nuestros pasos en el sendero y descansar sobre el ritmo de una respiración silenciosa: comienzo a ver el trekking como una religión outdoor, una filosofía necesaria para encontrar nuestro lugar en la montaña y no ser solamente espectadores de sus magias.

Estos “casi” Alpes nos observarán durante los próximos cuatro días mientras nos perdemos en las olas de un mar de cristal vivo de cardúmenes de peces del Mediterráneo: Córcega es el lugar soñado para los amantes del aire libre, de la naturaleza. En una pequeña isla encontré desiertos de roca, playas caribeñas, rincones vírgenes de verde y una montaña que da gana de ser explorada, corrida y escalada. Además, sus puertos principales son fácilmente accesibles con ferry que salen desde varias ciudades italianas, francesas y españolas. Apta para mochileros (hay trenes y buses que cruzan la isla) pero lo mejor es tener la independencia que te regala un auto o por qué no, una bici (ya está en mis ‘want’).

De vuelta al continente, después de una navegación placentera mediterránea volvemos a nuestro check point un par de días para descansar el espíritu pero no el cuerpo. La geografía local es muy amable con el apasionado outdoor: una salida en kayak no termina en un rafting, es un dulce deslizar entre cañas y libélulas; puedes cruzar todos los caminos de tierra pasando por predios, bosques y campos de choclo y sin darte cuenta tendrás una media maratón al bolsillo. Las primeras tardes de verano son perfectas para dejar caer un anzuelo al río.

La tradición del ‘estar afuera’ durante la temporada de sol es algo que identifica estas zonas: lejos del mar y de la montaña se encuentran entretenciones singulares para aprovechar de que el frío, la obscuridad y la niebla invernal estarán en otro hemisferio durante un buen rato.

Al mismo tiempo un gran riesgo del vivir aquí es quedarse atascados en el pueblo perdiendo la oportunidad de gozar de eventos bizarros en los alrededores: nosotros no nos dormimos en los laureles y el fin de semana siguiente ya estamos rumbo a Salsomaggiore Terme, un pueblo termal perdido en el cerro de la Emilia Romagna. Aquí nos espera el Festival Beat nr 25, un 4days de música beat con onda rockabilly muy muy rustico. Nunca sacamos la carpa del maletero de nuestro auto y apenas llegamos plantamos las estacas en el camping que realmente parece más un campamento.

Olvidamos totalmente los ambientes realmente festivaleros y tratamos de empatizar con el ambiente: el secreto en todas estas realidades locales o ‘guachacas’ como dirían algunos es fundirse con el entorno, mimetizarse. La música es buena, el ambiente amigable y el dj set (a puro vinilo) nos lleva hasta el amanecer. El día siguiente, bien achacados del ultra-boogie-woogie nos adentramos en los cerros ‘emilianos’ hasta llegar a otro pueblo termal perdido entre lomas verdes y frondosas: es Tabiano Terme, un poblado ordenado y elegante, su aire placido me recuerda muchas de las escenas de la película ‘Youth’ del director italiano Sorrentino. Dejarse llevar por estos lugares sin tiempo, llenos de esencia es como abandonarse a un embrujo, parecemos visitantes invisibles de esta inmutable realidad.

Vuelta a las cuatros ruedas, vuelta a Pizzighettone, que ya está tomando las apariencias de una base de operaciones más que de mi dulce hogar: nuestros movimientos entre carreteras y caminos sin marcar están dibujando una estrella en el mapa del norte del país.

Próximo destino: el tan ansiado, histórico y mítico festival de Jazz de Montreux, Suiza. A partir del 1967 sobre las aguas del lago Lemán, mejor conocido como el Lago de Ginebra, los mayores exponentes de la música Jazz (y non) han llenado las calles de esta ciudad de sonidos vibrantes, energías compartidas que iluminan el cielo de las noches del cantón de Vaud. Después de cuatro horas de auto con la nariz pegada a la ventana babeando sobre paisajes espectaculares, llegamos a la frontera – desierta. Nadie nos para, no hay carteles sobre los pasos a seguir. Estamos corriendo contra el tiempo, en un par de hora comienza Fleet Foxes y no me lo quiero perder; apuro los tramites y aprieto los dientes cuando me sale la cuenta del acceso para extranjeros: el solo paso por aduana es bastante salado (40 Euro de ingreso al país) y si no quieres aventurarte por caminos locales tendrás que desembolsar 45 Euros para uso de autopistas – Ouch (para la próxima consideraría viajar en tren) Da lo mismo, nada más duele si pienso que estamos a punto de pisar uno de los lugares icónicos de la historia de la música.

En nuestras cabezas dan vueltas las primeras líneas de ‘Smoke on the water’ de Deep Purple mientras los Alpes Suizos sueltan sus filos cortantes y se endulzan en un valle ameno. El paso por el centro de la ciudad es singular, muchos jóvenes moviéndose rápidos pero ordenados en las calles, policías muy sonrientes dirigiendo el tráfico, música saliendo de algunos locales y un lago brillante que bordea un paisaje pintoresco: hemos llegado. De nuevo, nos bajamos con carpa bajo el brazo pero esta vez en un camping que parece más un pasto de común uso que una verdadera estructura para hospedar. El relajado Lucas nos recibe y nos deja elegir un spot para instalarnos: el lugar está en su máxima ocupación, hay carpas montadas, una encima de la otra y más que Montreux esto se parece al Festival de Woodstock. Me encanta. Entramos de inmediato en el mood, destapamos una botella de vino chileno (regalo que nunca falla), cenamos a la rápida bajo los rayos violeta del atardecer y volamos al bus gratuito que nos llevará al centro de eventos.

Todo está excelentemente organizado, señalizado, ordenado, intuitivo. La sala del concierto es un espacio exclusivo y cerrado. Llegar frente al escenario es algo muy fluido, simple. Entiendo de inmediato que este es un festival ‘boutique’ que no apunta a la masa, apunta al gusto.  Valió la pena la manejada, el gasto y el desgaste físico para llegar: todo fluye de manera perfecta, el show es inolvidable y la banda suena extremadamente bien. Me dejo absorber por la música y me relajo en esta cuna de sensaciones.

El festival dura dos semanas y lo más sorprendente es que existe una programación paralela gratuita de gran calidad: hay shows para todo tipo de público. Estamos sentados frente a un escenario al aire libre, toca una escuela de jazz de jóvenes y la plaza está repleta, llena de familias, parejas variopintas y hasta grupos de mayores. Todo esto es esencia compartida, es el vibrar de la música que nos une.

Estar de vacaciones nos desconecta totalmente de la rutina, deja que el cerebro se entregue a todo tipo de oferta y de estímulo, lo importante es que sea placentero: aquí encuentro todo esto. El despertar es lento y caluroso, pero las ganas de volver a ver la ciudad con otros ojos me hacen abrochar las zapatillas y partir para una pequeña exploración trotando. Sigo la orilla del lago que parece estar hecha para los trotes mañaneros, sombra fresca por todo el camino y una vista espectacular se abre frente a mí sobre los Alpes Centrales. Un barco a vapor corta el paisaje y sigo mi camino que terminará en un paseo turístico hasta la famosa estatua de Freddy Mercury. Aquí todo es muy intenso, desde los colores hasta las miradas curiosas de los residentes que me observan mientras corro: es raro, es una mañana perfecta para trotar pero de otro runner ni la sombra. Me devuelvo lenta, quiero que este cuadro de ensueño no se aleje de mí, pero esas cumbres que no han dejado de mirarme hasta el momento me tienen inquieta, me raptan la mirada: el cambio de planes es instantáneo, en vez de volver a casa pararemos en los Alpes Italianos – lo merecemos.

La vuelta al territorio italiano es mucho más rápida o quizás la ansiedad de llegar a poner las botas de trekking nos hace olvidar de los kilómetros. ¿Dónde parar? no sabemos pero Daniele se deja guiar por los lugares de su memoria y siguiendo un río serpenteante hasta un valle cerrado desembocamos a Cogne, Parque Nacional del ‘Gran Paradiso’ región de la Valle D’Aosta.

Curiosamente estamos a un par de valles de distancias de Chamonix, la Meca del Trail y del montañismo, ombligo del Ultra Trail du Mont Blanc y curiosamente el hecho no me llama mucho la atención. Lo que me asombra es la memoria vivida de mi hermano que recuerda senderos y paisajes que recorrimos cuando niños con nuestros padres y por los cuales nos quiere guiar hoy. Andrés, víctima de nuestro frenesí se entrega a los nuevos planes y es el primero en tener la mochila lista al hombro. Nos esperan dos días de caminata con dormida en el Refugio Sella, bajando de vuelta al punto específico de partida, Valnontey.

Hay algo en este itinerario que me suena muy familiar pero no son los paisajes, no son mis memorias de niña que suben a flote, pienso y escarbo en la mente y finalmente se prende una ampolleta en mi cerebro: TDG. El Tor Des Géants! El Tor es una carrera de Ultra Trail de 330km con 24000mt de desnivel positivo, una locura absurda llamada ‘vuelta de los gigantes’ que une los principales centros poblados de la Valle D´Aosta. Entiendo que estaremos pisando la misma huella de grandes corredores y me lleno de orgullo pensando en los amigos que se están preparando para poner a prueba su cordura con esta hazaña.

Caminar en modo zen (lento) es una gran ocasión para acercarse a la fauna local: en pocos kilómetros ya avistamos marmotas y rebecos, tan despreocupados de nosotros que hasta es posible sacar cámara y fotografiarlos sin que se escapen cerro arriba.

Impresionada por los paisajes desde el primer paso. Asustada por mi incapacidad de entender el rol de mi mochila que me está quebrando las piernas y atormentando los hombros: re-distribuyo el peso, ajusto las correas lo más posible pero aun así hay algo que desentona. No sé caminar. No tengo paciencia, quiero bastonear y subir lo más rápido posible. No. Aquí no funciona así.

Paro y tomo un buen respiro bajo la mirada curiosa de una gorda marmota. Me acuerdo del paso de mi hermano, me acuerdo de una sintonía que el correr en cerro me hizo olvidar. Aprendo a despegar los ojos del suelo y a contemplar este Gran Paraíso: ahora sí, estoy absorbiendo mi sueño siendo huésped de la madre montaña. El viento fresco besa el sol tibio acariciando los pastos floridos de miles de colores; no podría imaginar pintura más perfecta. El Refugio Sella nos espera placido a puertas abiertas y con una cena deliciosamente reconfortante: una familia local está a cargo del refugio y se sienta a conversar de mesa en mesa como si fueran amigos de siempre. Extraño esta soltura, esta libertad educada que se olvidan en las grandes ciudades. Mi mirada y pensamientos se pierden en el arroyo que brilla por la ventana.

La noche llega y un pequeño grupo de íbices baja a tomar agua. Salimos a la luz de la luna a espiar las estrellas con larga vista mientras aprovechamos de hacer nuevos amigos y recolectar experiencias en altura. De nuevo, hay todo tipo de caminante aquí, la tradición de la montaña no tiene edad y sigue andando más fuerte que nunca.

Ultimo día en este encanto, comenzamos la mañana tempranísimo escapando de la sombra helada del parque siguiendo la huella de los íbices hasta llegar a valle. Al fondo, como reyes majestuosos dueños de los acantilados están los glaciares del Herbétet, bloques azulados que sellan las cumbres inmóviles. Obviamente nos sentimos chicos, impotentes frente a estos gigantes. Las ganas de llegar a valle no existen pero ya llegó el momento.

Dejamos atrás unos paisajes de encanto, unas experiencias maravillosas. Es hora de volver a casa, es hora de volver a Chile.

Descubrí muchas caras de esta zona de Europa y sé que tiene muchas más, por eso me gusta hablar de Europas, al plural. Sacié mi curiosidad, el hambre de mis ojos y las ganas de andar pero al mismo tiempo hay mapas completos que quiero marcar, montañas que quiero vivir y ríos en los cuales nadar.

Siento que esta es la mejor codicia que pueda existir, un egoísmo compartido. Aunque no podamos ser expertos en música, cultura, gastronomía, Trail, escalada, podemos quedar siendo curiosos y probar de todo un poco, con aperturas mentales y listas para recibir. Los lugares cambian de color cuando podemos compartirlos con otros seres queridos, los senderos nos hablarán más fuerte si nos agachamos respetuosos a escucharlos.

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One Response to Volver a mis raíces

  1. Tito Nazar says:

    Muy lindo escrito. Lo disfruté mucho.
    Marmotas…yo quiero ver !

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