El placer de correr la Adidas Maratón Internacional de Viña

6 octubre, 2016 | Por: Fulloutdoor

Correr por Viña es especial para mí, no sólo porque se corre al borde del magnífico Océano Pacífico y de sus hermosas playas, sino porque fue en esta ciudad donde comencé realmente a encantarme por este deporte tan lindo, en momentos en que me encontraba cursando mi carrera universitaria en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.

Por ello, volver a correr el Adidas Maratón Internacional de Viña del Mar por este circuito que hace años fue mi pista de entrenamiento, y en el cual había hecho un buen tiempo- en mi calidad de debutante en esta distancia- en los 21k en la versión 2013 del evento, no era una ocasión cualquiera: era un retorno al lugar en que aprendí sobre el placer de correr disfrutando de lo que te brinda el camino, sin preocuparse del tiempo.

La previa de la carrera

Aquel aprendizaje quise poner en práctica la fría mañana del domingo dos de octubre, fecha en la que más de 9.000 corredores se congregaron para correr la cuarta versión de la carrera, donde tuve la oportunidad de participar en la categoría 10k, a bordo de las cómodas zapatillas Ultra Boost de Adidas.

La noche anterior al evento, me costó conciliar el sueño debido a todo la adrenalina y las emociones que provocaron en mí el Carnaval Mil Tambores- que se desarrolló el mismo fin de semana de la maratón-, y por la ansiedad típica que siento las horas previas a una carrera, la que me llevó a despertarme a la cinco de la mañana, por miedo a quedarme dormido. Fue así como tras desayunar, partí a eso de las seis de la mañana desde Valparaíso, en una micro donde sólo el chofer no estaba borracho, rumbo al sector 2 de Reñaca.

Llegando a eso de las siete de la mañana, cuando unos 6 grados centígrados calaban hondo en los corredores que hacían el calentamiento previo a los 42 kilómetros. Al verlos, sentí una envidia sana y me fue inevitable recordar la lesión que el año 2015 me impidió correr la distancia a menos de una semana del inicio de la misma carrera. En el lugar, todo estaba plenamente organizado y dispuesto para dar el comienzo a la carrera que hoy en día se ha posicionado como la segunda maratón más importante del país.

La largada de los 42k, la que contó con la no despreciable suma de 1.400 corredores, fue una explosión de energía y de motivación para todos los runners que estuvimos presentes. Haciéndonos olvidar por momentos el intenso frío matutino. Posterior a ésta, la temperatura comenzó a elevarse y un imponente sol fue comenzando a adueñarse en solitario del celeste cielo, sin ninguna nube que estorbara su destello.

Igual de estremecedora y enérgica, fue la partida de los 21 kilómetros, en la que participaron casi 4.800 personas, las que felices se largaron a enfrentar este hermoso desafío. Después de aquello, decidí equiparme, para comenzar con el calentamiento previo junto a un amigo que también correría los 10k, y continuar con las respectivas elongaciones.

Ya terminado aquella fundamental instancia, me dirigí raudo al lugar de encajonamiento, donde cerca de 5.000 corredores esperaban ansiosos el momento de la largada. Mis pulsaciones aumentaban y mis piernas temblaban por la emoción que uno siente al estar entre tanta gente que disfruta esta disciplina. Sin portar reloj, ni algún dispositivo para escuchar música, mi idea era disfrutar a pleno las sensaciones y las diferentes situaciones que te va entregando una carrera como ésta.

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Comenzando con la mejor banda sonora

A las 8:30 en punto, con un radiante sol y un par de gaviotas que surcaban los aires, se dio el esperado vamos. El primer kilómetro estuvo marcado por la separación del pelotón de avanzada y el resto de los competidores, la cual se intensificó en la creciente inclinación que va tomando la Avenida Borgoño a la salida de Reñaca, en dirección a Viña.

El sonido del mar, junto al sonido de las zancadas en el suelo de los corredores y de sus respiraciones, fue la banda sonora perfecta para olvidarme del esfuerzo físico que demanda correr a cierta intensidad durante un tiempo prolongado.

Acercándonos a Viña, por la Avenida Jorge Montt, una batucada ubicada en el kilómetro dos, me motivó tanto que hasta me dieron ganas de quedarme bailando en el lugar, pero había que continuar.

Fue ahí cuando vi a una pequeña niña llamada Francisca, de unos 12 años, la que a buen ritmo dejaba atrás a muchos corredores. Sorprendido, me quedé unos segundos mirándola. Iba concentradísima, con la vista siempre al frente y con la postura que sólo tienen los que saben.

Metros más allá perdí de vista a “Panchita”, y me fui volviendo a maravillar con la increíble postal que uno tiene de Valparaíso al ir pasando por la playa Las Salinas. El calor comenzaba a aumentar de poco, hasta llegar casi a unos 20 agradables grados. En el trayecto hacia el kilómetro tres, los encargados de animar la carrera fueron un par de animadores, que estaban a un costado de la playa del deporte con música de fondo; y una banda de guerra compuesta por marinos, la cual estaba ubicada frente a las instalaciones de la institución.

Pasando los 3k, me sentía entero físicamente y muy cómodo con las zapatillas, por lo que sólo quería seguir corriendo. Ya en aquel tramo, muchos competidores que en algún minuto estuvieron en el grupo de avanzada, fueron quedando atrás. El aire costero y el exquisito olor del mar, me transportaron fugazmente en el tiempo, a aquellos tiempos donde atravesaba la costanera casi cuatro veces por semana. Invadiéndome la nostalgia y el deseo de volver a vivir cerca del mar.

Justo en el momento en que necesitaba hidratarme, apareció en el kilómetro cuatro el primer punto de hidratación, -a la altura del 15 norte- el cual estaba acompañado de otro grupo con tambores. Rápidamente, para no perder mucho tiempo, me acerqué a recibir agua. Tras unos pocos sorbos, retomé el ritmo que llevaba, para comenzar a recorrer la bella Avenida San Martín, en la que una cincuentena de turistas y de visitantes, observaban encantados la carrera.

Sin darme demasiada cuenta, llegué de golpe al retorno de los 10k,- que se ubicaba en los 5k- el cual se encontraba frente al muelle Barón. En aquel tramo, un par de corredores de los 21 kilómetros venían de vuelta de la Caleta Portales: algunos muy exhaustos, mientras que otros se veían bastante enteros.

La columna celeste y el ansiado tramo final

Comenzando los seis kilómetros, me fui enfocando en la interminable masa de corredores que venía de ida por el circuito. Miles de rostros, de expresiones, de palabras de aliento, gritos y quejidos, se compactaban en esta larguísima columna, en la que predominaba el celeste de la polera oficial del evento y en la que pude divisar a mi amigo, con el que había calentado. Aquel espectáculo sonoro y visual, me hizo disfrutar el último tramo de una manera especial, y sumamente diferente de mis experiencias en otras maratones.

Pasando por el kilómetro siete, me fui conmoviendo con los esfuerzos de un atleta discapacitado, que iba a bordo de su vehículo de dos ruedas, el que era impulsado por la fuerza de sus brazos. Su expresión era de dolor, pero a pesar de ello, seguía batallando firme con las elevaciones del trayecto y también con la imprudencia de algunos corredores, que no despejaban la pista para que éste pasara.

Percatándonos de esta lamentable situación, junto a otros runners con los que compartía el paso, comenzamos a gritar “pista”, para que de una vez por todas le abrieron el paso al hombre que llevaba un caso con el nombre de la ciudad de Quillota.

En los últimos dos kilómetros, comencé a sentir el cansancio en mis piernas, pero no era el momento de aflojar, y por eso decidí recurrir al gel de chocolate que me había comprado el día anterior, para recuperar las energías que me faltarían para el final. Ya pasando por la subida hacia Jardín del Mar, fui recuperando las fuerzas y manteniendo el buen tranco.

La meta esta cada vez más cerca y mis pulsaciones aumentaban, junto a la velocidad de mis zancadas. Llegando a Reñaca, un centenar de personas estaban agolpadas en sus calles para entregar los alientos finales a los corredores, lo que para mí es una de las instancias que más me gustan. Aquel contacto con la gente, te llena de una sorprendente y mágica energía.

Con esta motivación inicié mi sprint final. Cruzando la anhelada meta con el corazón en la boca. De esta forma, terminaba mi participación en esta gran fiesta deportiva, de la que me voy con la profunda alegría de haber completado y disfrutado a más no poder el circuito y lo que genera, y demasiado conforme con las Ultra Boost, las que me brindaron una placentera experiencia de comodidad y de amortiguación en la pisada. Prometo volver el próximo año para la edición 2017.

Por Felipe Arias

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